Adéntrate en una misión de la cual nunca podrás escapar.

7º-La travesía del Angeluss— Vigilados.

La helada superficie de Valhalla, antaño prospera y verde, era la representación de un planeta en decadencia donde sus habitantes a duras penas lograban sobrevivir. Tras diez mil años de duro invierno las ciudades habían sido derruidas por el paso de las tormentas y el tiempo. No se llegaba a ver apenas nada de la gran civilización humana que antes residió allí, exceptuando una capsula de color rojo, abierta y rodeada por varias siluetas del mismo color. Preparaban a los heridos para comenzar el camino hacia el punto sanitario más cercano y posteriormente abastecerse para decidir que hacer a partir de ese momento.

La nieve caía sobre los Ángeles Sangrientos, el viento los azotaba con crueldad y el frió los hacía temblar a más de uno . Sin embargo no pararon durante el viaje que, aunque silencioso por los caídos, les llevaba cada vez más profundo a una ira que no tenía cura. Su rabia y su pesar cada vez corrompían más sus almas. No podían evitarlo pues estaba en su sangre, en su mente y en sus corazones; la rabia de Sanguinius era aquello por lo que estos portadores de la muerte se diferenciaban del resto. Eran los que mejor sabían controlar sus emociones, debido a que si caían ante ellas se volverían Berserkers enfurecidos, seres andantes sedientos de sangre como un demonio del dios Khorne. Sin embargo esta escuadra no podía contenerse mucho más debido a los incidentes pasados. La mayoría de sus hermanos habían caído y apenas sobrevivieron unas pocas escuadras, un apotecario y un tecnomarine.

Tras varios días de ininterrumpida caminata alcanzaron una de las entradas a las ciudades Valhallianas;  estas se hallaban bajo tierra dado a que una edificación en la superficie no dispondría del calor necesario como para mantener con vida a ser vivo alguno. Las puertas eran parecidas a las de un manufactorum, grandes con motivos góticos pero recubiertas con pintura blanca para camuflarlas en el entorno. El tecnomarine Tane observo de nuevo su consola, en busca de algún tipo de señal. Tras escanear la puerta se dirigió a Caldentei.

—Es aquí —Dijo Tane señalando al extremo oeste del portón derecho— la entrada está operativa y, si mis sensores no mienten, requiere de permisos.

—No tenemos tiempo de buscar otro acceso a esta u otra ciudad —Se interpuso Abians—Tanto el sargento como Jonathan precisan de atención médica del apotecario, pero no dispone de las herramientas necesarias ¡Busque una manera de entrar por esta puerta!

Sin esperárselo, la mano del sargento se apoyó en la hombrera del especialista Abians. Este lo miró a través del visor de su casco y vio en su rostro una expresión de resignación que le dejó destrozado por dentro. Sin embargo no lo demostró lo más mínimo, simplemente ayudo a Caldentei a mantenerse en pie.

—Ya he estado en este planeta antes, no dejaran pasar a ningún renegado por esas puertas —El sargento, tras decir estas palabras, cerro los ojos— Jamas debí haber emitido aquel mensaje de alerta. Nos darán como traidores a todos los que estábamos bajo las ordenes de Hectus.

Hubo un silencio bastante incomodo durante unos segundos. Todos pensaban que ya no había manera de servir fielmente al Imperio desde la primera línea. Habían dejado de ser los héroes del Imperio por una equivocación. Durante su largo camino hasta la puerta blanca el tecnomarine había recibido una retransmisión desde Baal al sistema en el que se encontraban, ordenando disparar a todo marine que hubiese servido en el Portus. Aquello era una pesadilla vuelta realidad, todo había sido en vano.

—Aún así no ha pasado lo peor, podrían habernos matado o mucho peor, habernos capturado —Dijo Petus en voz alta intentando animar a sus compañeros.

—Si —Admitió el apotecario Vicktor— Sinceramente este es un desenlace mejor que los antes mencionados…

Antes incluso de acabar la frase, el apotecario logró divisar, sobre una de las colinas cercanas, una figura negra y blanca, larguilucha y armada con una extraña lanza. A su lado estaba una silueta encapuchada. No lograba distinguir bien que era, pero lo que si sabía era que les estaban apuntando con un arma.

—¡Hermanos, una emboscada!

Surgieron después, de secciones cercanas del terreno, más figuras encapuchadas  de blanco, rápidas y sinuosas como una serpiente en su hábitat natural. Los marines no tardaron en abrir fuego hacia dichas siluetas y al mismo tiempo estas respondieron; una  ráfaga de proyectiles brillantes como el cristal atravesaba la armadura de los Ángeles sin apenas esfuerzo. Estos no fueron gravemente heridos, pero si se dieron cuenta de que contaban con la desventaja táctica y con la con la minoría en número.

Eran Eldar, la especie más antigua de la galaxia, y ahora observaban los movimientos de los Marines detrás de sus coberturas. Cazadores en las tinieblas del crepúsculo difícilmente detectables. Se hizo recuento de armamento mientras tomaban posiciones defensivas. No había munición suficiente como para hacer frente a todas las siluetas que vieron (Como mínimo unas veinte), era probable que hubiesen más y aún así plantaron cara. Abians podía notar que el frío le estaba empezando a afectar; se había alejado un poco más del grupo y se sentía un poco mareado. Sin embargo se pregunto si los Marines Espaciales podían ser tan débiles al frío. Su respuesta se vio negativa cuando al mirar a su alrededor vio una capa negra perteneciente a uno de los Eldar. Estaba sujetándole por el casco y por mucho que lo intentara, el especialista apenas podía moverse.

—Renegados os habéis llamado.

La figura portaba su lanza en la otra mano, que no dudó en clavar en la nieve tras liberar de su embrujo a Abians, quien cayó desplomado al suelo por los efectos del hechizo. Se fijó entonces que el Eldar tenía casco, y que con las dos manos libre ahora podía quitárselo. Un largo cabello castaño surgió del casco y poco después se pudo vislumbrar un rostro femenino, Eldar, pero femenino a fin de cuentas.

—Perdonad por el disparo, pero fue nuestra respuesta a vuestro fuego de metal —Prosiguió la hechicera— os hemos seguido por el largo camino desde que os vimos caer desde el oscuro cielo de la noche Valhalliana. Ya no quedan hombres en esta ciudad…

Sin apenas demostrar un ápice de compasión por los humanos que habían poblado antes aquellos lugares se acerco al sargento.  Este observo que el rostro de la vidente dejaba escapar un poco de emoción al mencionar a los suyos.

—…vinieron los demonios y se los llevaron, junto con nuestros camaradas. Ya no queda nadie con vida tras esos muros.

 

 

 

 

Respiró, a pleno pulmón, el aire limpio que le ofrecía la estancia médica, pues reconocía el olor a esos productos químicos que se utilizaban para aliviar los males. Se sintió aliviado. Intentó abrir los ojos pero quedó cegado ¿Cuánto tiempo habría estado sin conocimiento? ¿Qué había pasado? Intentó hacer memoria y solo llegó a recordar el fuego y la sombra, mucho rojo y luego nada. Se apresuró a levantarse sin éxito, sentía mucho dolor por la zona del abdomen. Había sido atravesado por un arma, eso lo recordaba bien. Sin embargo su mente parecía no querer recordar quien le hizo tal herida, por mucho que el intentara rememorarla. Abrió de nuevo los ojos, intentando ver algo o a alguien, y poco a poco sus ojos se acostumbraron a la luz permitiéndole ver a una figura roja como la sangre a su lado. No pudo distinguir su rostro o su forma, y mucho menos si era amigo o enemigo.

—Os pondréis mejor, comandante —Dijo una voz que venia de la silueta roja— solo necesitáis un poco de tratamiento.

Sus intentos de ponerse en pie fueron inútiles pues por más que lo intentaba no podía mover sus piernas de su posición. Era muy probable que hubiese quedado inútil y aquello le llenaba el corazón de desesperación, sobretodo por no poder seguir luchando contra los enemigos del Emperador.

“¿Qué enemigos?” Se preguntó. No faltó mucho para que sus recuerdos comenzaran a aflorar; había sido atacado por el caos, una infección había corrompido su tripulación y lo peor, habían seducido a su hermano de batalla.

—S-siempre culpó a los que el llamó “los necios del Imperio” —Comenzó a hablar el comandante— odiaba a la Guardia Imperial por ser incompetente, a la Inquisición por nunca acudir en su ayuda cuando la necesitaron —Reposó de nuevo su cabeza en la camilla antes de proseguir— pero nunca pensé que llegaría a tal extremo. Solo un loco acabaría por traicionar a los suyos por una sola parte de de estos.

—¿De que habláis, señor? —Preguntó la figura, confundida.

—De un traidor —Prosiguió— un hermano perdido en la espesura de la discordia, de la cual no podrá salir jamas.

Y por primera vez en mucho tiempo, sin saber como había sobrevivido, Adolphus cerro los ojos voluntariamente, deseando la muerte. Su voluntad de luchar se vio quebrada. La llama de la venganza no ardía en su interior, al contrario, solo latía en él el preguntarse por qué había pasado todo aquello.

—¿D-donde estoy? —Preguntó sin abrir los ojos.

—En el crucero Angeluss, señor —Aclaró la voz— dirección a Baal…

“Dirección a casa” Corrigió en su mente el comandante.

SMShipsWarp

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