Adéntrate en una misión de la cual nunca podrás escapar.

6º-La travesía del Angeluss— El final de la camaradería.

Sin una navegación adecuada el crucero empezaba a vagar sin rumbo por la inmensidad de la disformidad. Ahora costaría encontrar el camino adecuado por donde volver a Baal, además de que si no se daban prisa podrían acabar en cualquier punto del universo con la mínima apertura que apareciera en el tejido disforme. El metal gris que recubría la pesada estructura voladora ahora cobraba un tono negruzco. Empezaban a debilitarse sus componentes, probablemente por la falta de protección debida a la posesión del caos sobre el crucero. Quedaba poco tiempo para que la vida de los fieles que permanecían dentro luchando peligrara de una manera que nunca hubiera podido imaginar.

Los corredores de la nave, las cámaras, las calderas, todo estaba siendo consumido por una inmensa oscuridad que empezaba a provocar estragos en el mismo interior del espíritu máquina. No solo los sistemas estaban vivos, ahora la totalidad de la nave era metal viviente moldeable gracias al poder de la disformidad.

Dicha vida era ahora testigo del combate que estaba aconteciendo en el puente de mando. Sobre los cadáveres de los tecnoingenieros del mecanicus se erguía la roja armadura del comandante, quien perseguía al hereje Hectus con una extraña mezcla de ira, devoción y confusión en su mente. Su martillo era lo único que iluminaba la sala a excepción de los disparos de los bólteres de asalto pertenecientes a los exterminadores allí presentes. Uno de dichos disparos alcanzó la mochila del fiel, desestabilizándolo durante unos momentos.

—¡Imbéciles! —Vociferó el traidor— ¡Es mío!

Y de un salto, más rápido de lo que el fiel comandante fue capaz de percibir, se encontró Hectus sobre el lanzando relámpagos desde sus dedos. La pintura que recubría los guantes del antes capitán se quemó con rapidez, dejando ver unos brazos completamente negros al cabo de unos minutos. Adolphus mantenía su martillo contra él impidiendo que los rayos le llegasen a rozar. Pero era cuestión de tiempo que su martillo cediera junto a su resistencia y acabara sucumbiendo a dichos poderes.

Solo encontró una solución de ganar tiempo. Lanzó su enorme martillo contra el herético, quien para esquivar el pesado proyectil no vio más remedio que trasladar su posición aérea, dejando de atacar. En esas décimas de segundo todo ocurrió muy deprisa, los exterminadores, que habían obviado a Abians salieron disparados a por el comandante y, sin previo aviso una espada flamígera se veía en el aire, dirección al comandante. Adolphus se aferró al mango del hierro ardiente y, observando al especialista Abians, quien le había entregado el arma desde la distancia, asintío como si se despidiera de él.

Las llamas que recubrían la espada se vieron introducidas en la armadura de un exterminador por medio de una estocada en la apertura del cuello. Después otro se abalanzó contra el, enfurecido y enloquecido. Este recibió varios tajos en el pecho y en el casco, sin embargo ello no le detuvo en su avance. De un ataque de su maza quebró la defensa del comandante, enviándolo varios metros contra una pared cercana.

Abians corría en dirección al martillo de energía que Adolphus había lanzado antes y cuando llego a verlo se encontró con que estaba en manos del capitán Hectus. La luz azul que despedían los generadores del arma ancestral ahora iluminaban el ya demacrado y  cansado rostro del traidor. Abians volvió a sacar su cuchillo de combate, pero Hectus no se paró siquiera a combatir con él. Siguió caminando camino a su antiguo compañero de armas de mayor rango.

Como si enloqueciera de repente por tal vacío, Abians se abalanzó con su cuchillo hacia la espalda del capitán. Sin embargo, con un movimiento de muñeca este soltó diversos relámpagos que impactaron en la coraza del especialista, dejándolo inútil.

—Perdóneme… —Empezó a decir el marine.

“… pero no soy lo bastante fuerte” termino pensando mientras caía rendido al suelo, inconsciente.

 

 

 

 

El sonido del roce metálico despertó a Abians. Se levantó de un salto al recordar lo que había sucedido y, peor aún, lo que había llegado a entrar en la nave. La mayor parte de la sala se hallaba en desastre: las paredes caídas, el techo casi inexistente, el suelo negro de quemaduras y relámpagos saliendo disparados por doquier destrozando la escenografía.

Seguían combatiendo el capitán y el comandante. Uno lanzaba relámpagos lo más que podía antes de atacar con el fiero martillo. El otro esquivaba todo lo que podía mientras esperaba una apertura en la defensa del enemigo para atacar. Abians desconocía como habían llegado a dicha situación, pero lo que si sabía era que en cualquier momento el combate podría acabar con la muerte de algún contendiente.

La finta fue rápida y, aprovechando las heridas del comandante, Hectus golpeó el muslo izquierdo, desestabilizando a Adolphus. Este intentó colocarse en una posición más defensiva, pero se vio falto de fuerzas y, cuando menos se lo esperaba se vio desarmado. El martillo de energía había caído al suelo otra vez y la espada había sido recogida por el capitán. El movimiento fue rápido y apenas se sintió dolor.

La espada llameante ahora atravesaba el vientre del comandante, quien se encontró sin fuerzas para mantenerse en pie, a excepción del apoyo que le proporcionaba su arma asesina.

—Este es el fin, Adolphus —Dijo el hereje.

Este sacó la espada del medio cadaver y, con un par de empujones (ayudado de sus nuevos poderes) lanzó al comandante por una apertura cercana. El espacio multicolor de la disformidad se tragó al ya derrotado marine y sin más dilación se dio por comenzado el reinado de terror del renegado capitán. Abians no daba crédito a sus ojos, pero no era tiempo de vacilar, ni tampoco de llorar a los caídos. Debía encontrar algún superviviente y escapar de aquel lugar.

No sentía miedo, no era un cobarde, pero sabía muy bien que contra aquel enemigo no era rival, y probablemente ningún ser del navío lo fuese. Así que decidió dar la vuelta y salir del puente lo más rápido que pudo, dando una señal de alarma. Era muy probable que el capitán Hectus lo escuchara, pero le daba igual que le tomara por cobarde. Lo mas importante era la vida de sus hermanos de batalla.

 

 

 

 

Diversas capsulas de asalto fueron lanzadas como capsulas de salvamento aquel día tras el informe de Abians a los posibles supervivientes. No eran más de doce, sin contar los enloquecidos Compañeros de la Muerte que dejaron atrás para su perdición.

—Que la muerte sea piadosa con sus desesperadas almas.

El rezo que dio Abians llenó de desolación los corazones del resto de ángeles allí presentes. Aunque se dijera que los Marines Espaciales del Emperador fuesen los salvadores definitivos, los ángeles de la muerte que no temen a nada y no se arrepienten bajo ningún concepto, también era verdad que ellos ademas eran Ángeles Sangrientos, unos marines devastados por los sentimientos de rabia y culpa.

Pero unas toses dieron una luz de esperanza al equipo presente dentro de la primera capsula. Cerca de Abians el Apotecario Vicktor asistía al sargento de su escuadra, quien fue gravemente herido por un exterminador.

—El sargento Caldentei estará bien —Afirmó el apotecario— la bala que le atravesó era munición muy antigua y tampoco causo muchos daños en el sistema sanguíneo del sargento. Ha perdido uno de sus dos corazones pero con algo de tiempo se recuperara.

—Escuchamos un disparo en la transmisión —Musitó Petus— al menos yo pensé que dicho disparo había sido el que acabo con su vida.

—El enloquecido Ardian estuvo a punto de acabar con su hermano de batalla al que no reconocía dado a su enfermo estado como soldado negro —Explicó Vicktor, aferrándose a la cartuchera que guardaba su pistola bólter— Pero conseguí acabar con el antes de que terminase con su vida.

—Gracias al Emperador.

—No Petus —Escupió Abians mientras miraba la pantalla que enseñaba el exterior de la capsula mediante una de las cámaras exteriores— no hay nada que agradecer al día de hoy. Todo por lo que hemos luchado, la hermandad que nos unía… se ha perdido.

Volvió a echar un vistazo a la pantalla, que finalmente se veía negra con multitud de puntos brillantes a la distancia y con una esfera gigantesca que se iba agrandando conforme pasaban los minutos. Habían escapado de la disformidad y de aquella pesadilla. Sin embargo Abians se preguntaba si aquello era simplemente el preludio de lo que estaba por venir.

 

 

 

 

En una de las capsulas se encontraba, ademas de unos cuantos Ángeles Sangrientos supervivientes, una armadura MK4 que se había camuflado entre los demás mediante una ilusión. Sin esperárselo las cabezas de los supervivientes en dicha capsula fueron atravesadas con plomo del bólter perteneciente a dicha MK4.

Rodeado de cadáveres, Bellerophon musitó.

—Esto va a ser divertido, ¿Verdad amigo?

Y desde las sombras de la disformidad, podía escucharse una risotada, oscura y malévola perteneciente a un exterminador que solo se limitaba a observar la perdición de los Ángeles.

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