Adéntrate en una misión de la cual nunca podrás escapar.

5º-La travesía del Angeluss— Separación.

El estado de la Sanctorum Prima del crucero era ruinoso. La estructura de la santa sala había quedado reducida a poco más que un esqueleto metálico, débil y frágil en comparación al estado que tenía diez minutos atrás. La sangre se esparcía por la mayor parte de la escena, el altar donde se realizaban los rezos al salvador de la humanidad había quedado reducido a polvo, y en su lugar se hallaba ahora un grotesco exterminador de color verde negruzco impidiendo la salida de cualquier ser vivo que quisiera salir con vida de aquella sala.

No había tiempo para dudar, solo había que dejarse llevar. Durante los últimos momentos de su vida el sargento Caldentei agarraba con fuerza su espada de energía. Los segundos se hacían milenios ante la verdad que estaba resonando en su mente. Debía mantener la calma ante aquella situación o perdería el control de su cuerpo, mente y alma. La Rabia Negra, la maldición de los Ángeles Sangrientos estaba cerca, y antes de caer ante ella prefería caer con honor frente a aquellas repugnantes criaturas.

Un paso más cada vez que respiraba, a los tres metros de desvelar su posición dos balas traspasaron la coraza de la servoarmadura que lo protegía, rompiéndole el corazón. Aún así su cerebro podía aguantar cuatro minutos más sin reservas renovadas de oxigeno. Suficiente como para acabar con la vida de su enemigo.

Su espada fue certera, y el golpe letal. Desgraciadamente las fuerzas de las que disponía el sargento eran escasas, y cada vez menores. No temía a la muerte, solo quería que aquello acabara sin que fuera tratado por los suyos como un paria, como escoria de armadura pintada de negro como muchos de sus antiguos camaradas caídos lo fueron en el pasado.

La armadura del Exterminador fue gravemente dañada, incluso aquel tipo de ceramita reforzada con los elementos de la oscura disformidad cedía ante armas como la de las espadas sagradas del emperador. No había podido herirlo de muerte, pero esperaba que alguien que le siguiera acabase con aquella bestia y honrase su muerte.

Su deseo se hizo realidad, calculó que apenas le quedaban tres minutos, y cayendo de rodillas ante el Exterminador, dos veces más grande que el, vio como por la gigantesca apertura que su arma había dejado en la armadura del bastardo se colaban varias balas de bólter  que hicieron que el hereje se revolviera sin medida.

Mientras este caía al suelo, pereciendo, el sargento Caldentei miró atrás para ver a su salvador: una figura negra que respondía a la perfecta definición de locura e ira. Se acercó unos pasos más hasta que las caras de los dos Marines se vieron enfrentadas. Decían que la Compañía de la Muerte, la compañía prohibida de los hijos de Sanguinius estaba formada por auténticos Berserkers guiados por los recuerdos de una guerra interminable, la guerra en la que el primarca murió. Pero también se decía que, en unos pocos momentos de intensa locura, estos seres, ya lejos de ser humanos, tenían unos instantes breves de lucidez. El sargento debía aprovechar aquella oportunidad antes de que el oscuro guerrero volviese a enloquecer.

Intentó ponerse de pie antes de perder la vida y, con unos últimos pasos se detuvo ante una consola cercana, iniciando una grabación y activando el sistema de comunicación primario. No esperaba encontrar ayuda en la nave, así que su mensaje fue enviado mucho más lejos, hacia el planeta perteneciente al Mechanicus más cercano. Justo después comenzó a hablar.

 

 

 

 

Llegando a los pasillos principales del modulo de mando, el Comandante Adolphus se detuvo antes de penetrar en las gigantesca estructura base. Había recibido una señal de comunicación que pitaba en sus receptores de manera muy molesta. Activó el comunicador de canal único para poder recibir la transmisión, y grande fue su sorpresa al detectar una voz muy familiar en ella.

A todo sistema cercano al espacio Valhalliano, retransmitid este mensaje a Baal, repito, retransmitid este mensaje a Baal inmediatamente — Fue extraño que el sargento Caldentei estuviera comunicando un mensaje de emergencia — el crucero de combate Portus ha sido… infectado. Ha sido una emboscada. La misión de exterminación orca fue solamente una treta del Capitán Hectus para acabar con la vida de casi una compañía y hacerse con el poder de los demonios del Caos. Se afirma la existencia de Herejía y de todo tipo de traición habida y por haber a bordo de este crucero, aléjense y disparen al crucero con identificación X-59B70P…

Aquel mensaje dejó sin aliento al antiguo comandante, que nunca habría imaginado que tamaña traición hubiese sido urdida por un Marine que llevaba tantos siglos luchando por el Imperio, había sospechado de el en alguna que otra ocasión de casos menores, pero no de algo tan grave e imperdonable.

… de los casi cien Angeles sangrientos que se hallaban en el crucero al principio de la misión calculo que habrán muerto más de setenta, y el resto ha sido capturado o aun siguen batallando dentro de la nave, a menos que se hallan r-rendido ant-te las tentaciones de la oscuridad. Sarg-gento Caldent-t-tei, corto.

La linea se mantuvo abierta, escuchándose al final un golpe seco y un disparo de bólter. Era su último mensaje, y había servido bien.

El comandante empezó a correr lo más rápido que pudo, no se preocupo de cansarse o de caerse, debía encontrar al hombre que había causado aquel infierno y responder a sus dudas. O eso o caer ante la muerte.

 

 

 

Sobre los cadáveres de servidores, en lo más alto del puente de mando, Hectus luchaba blandiendo elegantemente su espada llameante. Frente a el, mucho más ágil que el capitán, pero peor armado se encontraba el especialista Abians, con cuchillo de combate intentando encontrar una brecha en la defensa del hereje. Tres Exterminadores mantenían el silencio alrededor de de los dos combatientes. Fuera de toda lógica para el, el capitán Hectus no llegaba a entender porque aquel ser inferior no quería ver la luz que le ofrecían los dioses oscuros, y aún así podía hacerle frente aún.

Tras una floritura bien ejecutada, Hectus clavó su espada en el hombro de la servoarmadura enemiga. Lo que no vio fue que, aprovechándose de esto el contrincante se aferró a la hoja ardiente. Posteriormente, Abians, apoyádose en el arma de su enemigo con una mano logró herir al capitán con su cuchillo de combate a través de una de las pocas ranuras de la servoarmadura para dejar pasar el cableado externo. Los Exterminadores se resaltaron y el capitán retrocedió, soltando su espada. Su servoarmadura había demostrado ser débil para un ser tan magnífico como si mismo.

Tras quitarse la capa y la mochila, el capitán Marine Espacial se acercó al especialista, que ya se aferraba con dos manos a la gran espada flamígera preparado para el combate.

—Muy bien jugado, muchacho. Es hora de que acabemos ya con esto.

Y antes de saltar a por su rival, Hectus recibió en el pecho un impacto de bólter que atravesó su servoarmadura, pero sin herirle, que provenía desde la entrada del puente. La silueta de un comandante conocido, con martillo de energía y pistola bólter se asomaba por el pórtico, escuchándose mientras dejaba ver su sorpresa las siguientes palabras.

—Este juego se acabó, hereje. Detente y recibirás una muerte justa.

—¿Acaso crees que podrás detenernos a todos, viejo amigo?

—Yo ya no creo en los amigos…

…no como tu.

Blood_Angel

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