Adéntrate en una misión de la cual nunca podrás escapar.

Archive for October, 2013

3º-La travesía del Angeluss— Juego.

El comandante Marine Espacial quedó inmóvil, pensativo, intentando mantener la calma ante la reciente muerte de diez de los Marines Tácticos que le siguieron. Intentó regresar a un estado de paz mental en la cual maquinar alguna estrategia que le ayudara a escapar de aquella situación de cuasi cautiverio, pero el dolor y su rabia lo desestabilizaban. Era normal para los iniciados dejarse llevar por el dolor, pero no para un comandante experto, aquella munición debía ser extremadamente peligrosa.

El Exterminador del Caos se acercó al veterano, inclinando un poco su corpulento cuerpo. Su casco de cobre oxidado y sucio estaba adornado por trozos de ceramita fundida intentando emular el aspecto de una corona podrida. Sin embargo no emitía el aura hostil que los otros exterminadores le transmitieron al aparecer. Este hereje parecía traerse algo entre manos que no incluía hacerle daño.

—Siento haberte disparado, pero no sabía que tu serías el que abriera la cámara — Prosiguió el Exterminador — eres importante para los planes del Padre.

El comandante intentó levantarse de nuevo, pero todo lo que consiguió fue levantar un poco la cabeza y balbucear algo que el Marine Espacial del Caos comprendió bien.

—A-antes morir que jugar en tus sucios juegos — Intentó exclamar Adolphus.

Los efectos del envenenamiento pasaban lentamente, pero el sistema inmune de un Ángel Sangriento como el le permitía hacerle frente rápidamente y aún así le tomaba tiempo, más del que creía permitirse. Finalmente el Exterminador se dignó a explicarse decentemente, algo que el comandante creyó entender.

—Puedes esperar aquí y morir, o ir tras mis compañeros y reducirlos para salvar a los tuyos — El Marine del Caos parecía incitarle a que se esforzara un poco más, sin embargo el que le diera una opción más a la situación confundió al veterano — sin embargo salir de este estado tendrá un precio muy grande.

Adolphus ni se dignó a pensar más de la cuenta debido a que se esforzaba lo más que podía en levantarse. La armadura le pesaba, el costado probablemente le sangraba, y no disponía de la capacidad precisa en ese momento de poder razonar todas las opciones. Cada vez se levantaba más y más, llegó incluso a sentarse, pero sus fuerzas apenas alcanzaban a más.

—¿Qué tramas, hereje?

La pregunta pareció cansar al Exterminador, quien se irguió de nuevo retrocediendo unos pasos. Parecía que el comandante recuperaba fuerzas rápidamente, pero aún era demasiado pronto como para esperar nada de sus capacidades ofensivas. Finalmente el hereje empezó a caminar hacia el portal, decidido a dejar atrás aquella nave. Sus pasos eran más pesados que antes, y su gran ametralladora pesada parecía estar ya cansada de disparar. Ahora que se fijaba, Adolphus pudo examinar con más detenimiento al Exterminador mientras se alejaba: los daños de armadura eran muchos, superiores de los que una servoarmadura podría soportar y además habría hecho mella ya en su resistencia como armadura de Exterminador del Caos.

Examinando estos detalles el veterano se dio cuenta de otro detalle, pues habían daños muy recientes en las hombreras y parte trasera de la armadura putrefacta. Era posible que los Exterminadores que aparecieron estuvieran recién salidos de una batalla campal bastante brutal, lo cual explicaba con una alta probabilidad de razón los daños y la carencia de combate del ser que se encontraba delante de él.

—No me malinterpretes, comandante — Advirtió el adorador de Nurgle — aquí no soy un guerrero, solo me dedico a observar.

Y mientras este desaparecía en el portal, se dio la vuelta toscamente, arañando el suelo que pisaba hasta dejarlo brillando. Adolphus pudo visualizar su rostro bajo el casco verde y cobre, imaginando un rostro malvado y sonriente bajo aquel material protector.

—Lo divertido no es matar Marines, lo divertido es verlos sufrir. Si decides vivir, atente a las consecuencias — Finalmente el hereje se desvaneció dejando tras de si una humareda incandescente de color rosado.

Casi inmediatamente después de que desapareciera el Marine del Caos, Adolphus recobró las fuerzas que habían abandonado su cuerpo momentos atrás. Parecía hubiese sido la presencia del Exterminador lo que le hubiese arrebatado la vitalidad. Se incorporó casi inmediatamente y tan rápido como pudo aferró su mano al Martillo de Energía que empezó a brillar con un azul metálico intenso. Había llegado la hora de vengarse por sus hermanos caídos, de recuperar el honor recíen perdido, de demostrar a aquel hereje que los Ángeles Sangrientos tenían más que demostrar de lo que lamentarse en vida.

Su velocidad esprintando no era tan rápida como la de un explorador, dado a su gran armadura que en cierto momento le resultó aparatosa. Aún así era más rápido que los Exterminadores del Caos, y si los alcanzaba a tiempo acabaría lo suficientemente rápido con ellos como para poder eliminar aquellas manchas del capitulo fuera de la historia. Nadie sabría que ocurrió realmente y se controlaría mejor la información que llevara hacía quien hubiese abierto el portal.

Ahora que lo pensaba bien, ¿Como se había abierto dicho agujero en la realidad? La Disformidad, mundo de engendros y criaturas de pesadilla era difícilmente manipulable, y aunque el Espíritu Máquina del crucero fuese infectado tardaría mucho en abrirse desde un solo lado, hacía falta que el tejido de la realidad se desgarrara desde dentro de la disformidad y desde fuera.

Debía haber un traidor, y el comandante se olía que estaba muy cerca de los altos mandos del navío.

 

 

 

 

Los Exterminadores mantenían el paso más ligero que podían mientras el poder de la disformidad que les rodeaba contaminaba el metal y cuerpo gris del crucero en el que habían acabado. Su misión era simple: acabar con todas las formas de vida que no quisiesen unirse a la putrefacción del Padre y de paso, como segunda opción, capturar el crucero. Esta parte de la misión ya estaba casi resuelta, dado a la facilidad que hubo en penetrar las defensas internas del navío. Los portales eran la mejor opción para todo, o esa era la filosofía de un cobarde como era Bellerophon.

El único de los Marines del Caos allí presente sin nada que le cubriera la cara, portaba un grandísimo lanzallamas pesado que obtuvo en la primera lucha contra el falso dios Emperador, y que ahora usaba para matar desde lo más cerca de los portales. Su miedo a morir en el campo de batalla fue lo que le llevo a las manos del dios de la putrefacción, quien le otorgó gran resistencia al dolor y casi invencibilidad. Aún así su capacidad de la cobardía seguía latente.

Su sentido del escapismo se disparó cuando se dio cuenta de que estaba demasiado lejos del portal en aquel momento. Debía mantenerse cerca, por si algún tipo de criatura mecánica de los Marines Espaciales aparecía, un tanque o algo. Aunque aquello era poco probable, dado a que el lugar era demasiado pequeño y por lo que sabía el hangar fue destruido por una de sus criaturas aliadas. Precisamente eran esas malas ideas y ese imaginación tan negativa las que alimentaban aquel sentimiento de inseguridad fuera de la disformidad.

Podría decirse que aunque lo hubiese conseguido, no había nacido para ser un Marine Espacial. Y aquello se confirmo cuando, pensando en los peligros exteriores, recibió un impacto de un objeto azul brillante a gran velocidad en la espalda. El impacto reventó varios de los sistemas internos de la Armadura de Exterminador y aquello disparó sus alertas mentales.

Se dio la vuelta lo más pronto que podía mientras sus hermanos de batalla se alejaban ignorándole, como si no fuese a tardar nada en acabar con aquel Ángel Sangriento.

—¡Aparta, hereje! y acabaré con tu vida con una muerte rápida — Recito el comandante Adolphus.

—Maldito necio, verás ahora lo bien que te sentaba estar tumbado en el suelo, ¡Pero esta vez quedaras con la cabeza rodando! — Vocifero Bellerophon reconociendo al comandante que su hermano de batalla había abatido en la sala del Espíritu Maquina minutos atrás.

Ahora algo se interponía entre su lugar seguro y él. Se decía que los cobardes solo se sentían seguros si tenían segura una puerta de salida cerca, y era el momento perfecto para saber que pasaría si alguien se colocaba por delante de esa puerta.

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2º -La travesía del Angeluss— Susurros en la disformidad.

Al final del día la tripulación carmesí se encontraba exhausta, pero satisfecha por el feroz combate que había tenido lugar. Se rezaba al Emperador y al sagrado trono de Terra por los hermanos caídos en el Inner Sanctum del crucero. Doce recipientes permanecían inmóviles cerca del Altare Prima, listos para ser transportados a un apotecario y que se les fuera extraída la semilla genética que portaban los Ángeles Sangrientos que ahí reposaban.

No hubo celebraciones, pero tampoco lloros ante los caídos. Un Marine Espacial del Emperador nunca mostraba debilidad, incluso ante el cadáver de un amigo o hermano muy cercano. Fue así como transcurrió la noche en el navío mientras empezaban las preparaciones para el regreso a Baal. Regreso manchado por la sangre azul de los demonios y la sed saciada de los guerreros que volvían a casa, con un sabor agridulce en sus labios.

Solo había una excepción a aquel estado casi compartido de los tripulantes de Portus. El comandante Adolphus estaba preocupado, no solo por la actuación de los demonios aquel día, sino por los actos realizados por el capitán que le ordenaba en aquellos momentos. Sabía a ciencia cierta que dicho alto mando del crucero no había siquiera combatido en ninguno de los frentes existentes en la superficie del mismo transporte, y si no se equivocaba podría tratarse de un cobarde, o peor aun, de un traidor.

Pasaban las horas, y parecía que los allí presentes no se preocupaban por el paso del tiempo. Parecían más distraídos con las labores de reparación o de mantenimiento del arsenal que con varios detalles que realmente importaban, como que por ejemplo el Espíritu Máquina del gran crucero no era el mismo que cuando atravesó el portal horas atrás. Algo extraño ocurría en las profundidades del navío, en lo más profundo de su ser.

Solo el apotecario Melphast alcanzó a entender lo que allí acontecía, aunque para cuando avisó al comandante este temía que hubiese llegado demasiado tarde. Las grandes puertas del Inner Sanctum se abrieron de par en par, dejando ver la fatigada figura blanca del apotecario. Este llegó corriendo lo más rapido que pudo al interior de la sala, directo hacia Adolphus. Los allí presentes quedaron algo confundidos por la escena.

El Marine curandero no se quitó el casco, y aún así el comandante pudo imaginar el rostro de preocupación del apotecario bajo sus palabras.

—El alma del Espíritu Máquina sufre, la cámara interna de la maquinaría arde de dolor desde que entramos en el portal — Susurró Melphast.

—¿No han sido capaces los Tecnomarines de detectar tales fallas en el funcionamiento del crucero? — Preguntó su superior, no poniendo en duda las palabras del apotecario.

—Las lecturas son normales, pero precisamente es algo que las maquinas no son capaces de detectar en este ambiente señor —Prosiguió el apotecario — porque estamos rodeados de lo que se está adentrando dentro del alma de la nave.

No hizo falta palabra alguna después de escuchar aquello. El comandante empezó a caminar con paso ligero y casi simultáneamente el resto de Marines Espaciales presentes le siguieron al mismo ritmo. Una escuadra formada por diez hombres se adentró en lo más profundo de aquel coloso metálico: paredes de metal negro y complejos circuitos y tuberías decoraban aquel extraño recinto, con la única iluminación de las linternas que llevaban en los cascos. Aquel lugar no era para ningún guerrero normal, pero si el apotecario tenía razón era posible que se abriera un portal a la disformidad desde dentro de la nave, lo cual definitivamente mataría a todos los que transportaba ya fuese por una tormenta de disformidad o por la invasión de criaturas que podrían salir de ahí.

Tras varias horas de caminata una gran cámara blindada rodeaba lo que era el núcleo del Espíritu Máquina del navío. Adolphus quedó observando la colosal cúpula como si le resultara familiar dicha situación. No llegaba a entender porque, pero dicha complejidad ingeniera le producía una gran nostalgia en lo más recóndito de su ser.

—¿Alguna vez os habéis preguntado por que los herejes del Caos son capaces de infectar nuestros transportes más queridos y convertirlos en demonios asquerosos y despiadados, como paso con los Land Raiders de la Herejía?

La pregunta formulada por el comandante fue respondida por un silencio bastante incomodo, que dio a entender al veterano de cientos de batallas lo inexpertas que eran sus tropas.

—Como debéis saber casi todas las grandes máquinas del Imperio disponen de un sistema de carne y metal llamado el Espíritu Máquina. Dicha maravilla de la ingeniería provee al transporte o sistema de defensa de una especie de casi vida. Un estado de vigilancia absoluta en la que se dedica a proteger y dirigir a sus aliados, como por ejemplo un Dreadnought, pero siendo más tosco e idiota.

De repente recordó porque aquello le resultaba entristecedoramente familiar, la muerte de los compañeros de batalla no siempre acababa en un ataúd fijo o al frente de un lanzallamas, a veces, y solo a veces uno era encerrado en un ataúd metálico andante que proveía de vida a una de las armas mas mortíferas de los Marines Espaciales, el sarcófago mortal Dreadnought, en donde perecían varios de sus hermanos de batalla.

—Y como todo ser de carne — Dijo acercándose al acceso más cercano del núcleo, aferrándose a la palanca de apertura para tirar después de esta — este puede ser corrompido fácilmente.

Cuando la palanca de hierro oxidado cedió, dejando abrir la primera puerta del núcleo, una luz tenue empezó a salir del interior del sistema acompañado por un fuerte olor a  putrefacción y a un poderoso viento que desestabilizo al comandante. Para cuando habían llegado era demasiado tarde, pues el núcleo del Espíritu Máquina había sido envenenado con la mancha del Caos.

Mancha que no tardó en extenderse, puesto que la putrefacción y la carne empezaron a expandirse por el navío. Poco a poco las tuberías se hubieron oxidado y los cables transformados en una especie de tentáculos conductores: El crucero había sido corrompido desde dentro tras su primera victoria, lo cual estremeció al comandante junto al apotecario. El primero se dirigió hacia el centro del núcleo, desenfundando su pistola bólter y apuntando contra la célula principal del Espíritu Máquina, en un intento desesperado de acabar con aquella locura.

Sin embargo no previó lo que estaba a punto de suceder, pues dos ráfagas de cañón de asalto impactaron en su pectoral y grebas de la armadura que le protegía. Algo se acercaba a grandes zancadas que se escuchaban como truenos en la lejanía. Finalmente de una humareda que desprendía un olor a podrido surgió un gran titán, varias cabezas más grande que el resto de los Marines presentes.

Un gran Exterminador del Caos había llegado al crucero por la puerta grande, derrotando en el primer asalto a uno de los mejores combatientes de la hueste angelical que allí permanecía. Otros más le siguieron, un total de cinco habían cruzado ya el portal a los horrores de la disformidad. La sangre corría a manos de los ejecutores verdes de Nurgle que habían surgido, asesinando a corta distancia a los Marines que habían acompañado a Adolphus. Vísceras y entrañas se deslizaban sobre el suelo tras humillantes masacres, haciendo que la sangre de sus interiores se mezclara con el rojo de sus armaduras. Los exterminadores siguieron su camino a excepción de uno, que se quedó a observar el dolorido cuerpo del comandante.

Este Ángel Sangriento había recibido solo dos descargas, pero sentía un dolor sin precedentes. Temiendo una gran infección debido a aquella munición demoníaca reunió todas sus fuerzas en intentar mantenerse en pie, pero apenas era capaz de moverse. El gran superhombre, protector de la humanidad y del Imperio había caído a manos de los Marines del Caos.

—No acabaré contigo — Dijo finalmente el exterminador que le acompañaba — Nurgle tiene grandes planes para tí.

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1º -La travesía del Angeluss— Primer contacto con el Horror.

Los cañones laterales escupían ráfagas de munición rociada de fuego al espacio como dragones escupiendo sus llamaradas hacia la noche. Los tentáculos formados por las hordas de demonios se abalanzaban sobre el crucero sin piedad, donde predominaban los Horrores de Tzeenech, cambiando de forma constantemente para que el vacío no les afectara lo más mínimo y poder atravesar el espacio con facilidad.

Sin embargo lo primero que llegó a hacer contacto con el navío espacial no fue un guerrero maldito hecho de carne. Un ser metálico se dirigía a toda velocidad hacia el crucero Portus como si fuese un proyectil. Fue impactado por una de las descargas de los cañones laterales principales, haciendo que el hierro que lo formara se tornara en un color amarillo intenso por el calor del impacto incandescente. Aún así siguió su rumbo hasta aterrizar, más que impactar sobre el navío y, recuperándose del golpe, buscó su siguiente objetivo.

Se encontraba en una zona con gravedad artificial, la cual le permitía mantenerse en pie sin problemas, también notó que no era la superficie misma del crucero de combate, más bien era una especie de hangar donde se ubicaban diferentes cazas de su mismo tamaño e incluso más grandes. Además también se podía observar frente a él la presencia de varios Marines Espaciales, invocados allí por los destrozos de la caída.

El demonio quiso rugir y mostrar sus desafiantes zarpas, pero en vez de ello disparó inconscientemente varias descargas de plasma incandescente que carbonizaron a los dos Marines presentes. Había llegado el Diablo de la Forja, que finalmente redujo a cenizas y metal fundido el hangar en pocos minutos.

 

 

 

 

Se podría decir que los demonios arrasaban con lo que veían y que inundaban la nave, pero a excepción de unos pocos de estos la mayoría eran exterminados por las numerosas medidas de defensas del navío: Torretas automáticas y lanzamísiles ligeros acoplados hacían mella en sus filas sin apenas dañar la superficie metálica del campo de combate. Mientras las ráfagas de los cañones principales eliminaban un gran número de demonios a larga distancia. El problema se ubicaba a la hora del numero, pues llegaban infinidad de demonios y no había señal de que dejaran de llegar más.

Tras haberse declarado el estado de emergencia, las posiciones de combate habían sido declaradas y se había preparado el escenario para que la Compañía de la Muerte, los Marines malditos destinados a morir en su propio corredor de la muerte perecieran a manos de aquellos Horrores multicolor. Las negras armaduras de estos Marines disponían del oxigeno suficiente como para combatir durante unas horas antes de perecer por falta de combustible natural. Además, el resto de Marines Espaciales disponibles se dedicaban al ataque a largo alcance desde lugares cubiertos apoyando a sus hermanos enfermos con fuego de bólter.

Fue el sargento Castle Danniels el primero en darse cuenta de que algo iba mal. Podía comunicarse con sus hermanos de batalla cercanos, pero al intentar contactar con un rango superior para reportar la situación no detectaba señal ninguna. Pronto se dio cuenta de que habían desactivado la señal de radio interna, o mejor dicho, que esta había sido destruida. Ordenando a su escuadra que limpiara la zona para comenzar un asalto de emergencia hacia la central de comunicaciones se abalanzó con su espada sierra sobre el primer demonio que encontró, rebanándole lo que parecía un cuello deforme y bulboso manchando el rosa de su piel con el azul brillante e intenso que parecía ser su sangre.

Tal fue su sorpresa al llegar a la central de comunicaciones externa que sus ansias de combatir se reprimieron. Una gran antena cercana al puente de mando en la superficie de la nave hacia de soporte de comunicaciones entre los Marines allí presentes y el resto del Imperio. Dicha antena estaba ahora en llamas, casi al punto de salir volando con el vacío del espacio, todo obra de un gigantesco perro de metal que parecía haber llegado allí escalando por su propia cuenta.

Junto al monstruo se encontraba una figura roja que, debido al brillo azul que emitía su gran martillo de energía, cobraba un aspecto morado sombrío cada vez que uno de sus directos ataques impactaba en la armadura del monstruo estallando en un impulso de energía azulada. Cada movimiento del Ángel Sangriento que allí arriba combatía hacía retroceder a la bestia.

Finalmente el demonio sincronizó sus fauces vestidas de cañón de ectoplasma con los cañones que se ubicaban en sus patas delanteras y disparó una llamarada azul contra su adversario. Sin ver ninguna escapatoria dado a la rapidez del disparo, saltó toscamente, alzando el gran Martillo de energía sobre el Diablo de la Forja.

Todo sucedió muy deprisa: la ráfaga de plasma no fue disparada certeramente hacía el Marine, por lo que solo le rozó el costado de la armadura. Sintiendo el calor del impacto, el comandante dirigió con presteza su arma sobre la cabeza del monstruo para que no pudiese disparar más. Con un solo golpe el rostro de la criatura quedó reducida a metal dañado y carne quemada mientras el cañón que se ubicaba en sus fauces se empezaba a sobrecalentar por el mal funcionamiento provocado por el ataque.

Un segundo impacto en lo que se definiría como el pecho de la bestia hizo retroceder al titánico ser de la plataforma en la que se encontraban, haciendo que se precipitara al vacío. En pocos segundos se hubo estrellado contra el suelo dejando tras de si grandes rastros de batalla mortal y una antena de comunicaciones inservible por el momento.

Quien bajó del ya destrozado lugar de combate no fue otro que el comandante Adolphus, haciendo gala de su poca gracia para el diálogo entre camaradas, sin antes dejar ver algo de su poco gracioso humor.

—En vez de poneros a observar como soldados de la guardia atónitos por el combate de un superior podríais haberos dedicado a darme fuego de cobertura. ¡No queda tiempo, es hora de expulsar a estos demonios al infierno del que provienen!

Sin embargo, para el momento en el que llegaron a una zona en la cual hubiesen demonios que despedazar en nombre del Emperador, las hordas de criaturas se alejaban del crucero, como si su cometido allí ya se hubiese consumado. En la punta elevada más cercana a ellos se distinguía una silueta oscura iluminada tétricamente  por la espada flamígera que la portaba. Su capa ondeaba por el rozamiento del poco aire existente en el exterior, causa del humo de las explosiones.

Aunque no se viera el rostro del soldado debido a la presencia del blanco casco, Adolphus supo que el que allí se mantenía en pie era el capitán Hectus, quien seguramente sonreía de placer tras haber liderado falsamente aquella defensa en contra de la horda del señor de la transformación.

—Hemos vencido, es hora de proseguir nuestro camino e informar a los señores del capítulo de este evento — Anunció el capitán.

El comandante veterano Adolphus dio un paso adelante como acto de desacuerdo.

—¡Pero eso implicaría abrir de nuevo el portal y abandonar este subsector! Se que no disponemos de comunicaciones, pero no podemos permitirnos dejar las cosas como están, ¡Debemos investigar que es lo que ha pasado y eliminar a esos demonios! — Contestó el veterano.

—Poco o nada haremos aquí, lo más sabio es retirarse por el momento, los demonios se han cebado con los orkos y por eso se han ido antes de que pudiésemos exterminarlos completamente — Intentó explicar Hectus — estaban medio llenos de acción para cuando llegamos, y los saciamos lo suficiente como para hacerlos huir. No hay mas que investigar.

Acto seguido se ejecutaron las ordenes del capitán, y tras dos horas de reparaciones improvisadas por los tecnomarines allí presentes el crucero de combate abandonó aquel lugar, desvaneciéndose de nuevo como una sombra en el portal de disformidad. Adolphus ya sospechaba que una sombra se cernía sobre el corazón del capitán, pero no llegaba a imaginar que era más tenebrosa de lo que cabía esperar.

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Prólogo -La travesía del Angeluss – Los principios de crucero Portus.

Solo faltaban pocos metros para que el crucero de combate Portus alcanzara el portal de Disformidad que le llevaría lejos de Baal, el planeta natal de los Ángeles Sangrientos, y los condujera hacia su primera batalla. Los motores de inducción rugían al mismo tiempo que el portal gruñía guturalmente de manera más violenta cuanto más se adentraba el crucero en el hasta que, al final, ya no se pudo ver de entre las densas nubes disformes la silueta de la nave de combate.

Dentro de esta marchaban los  cien hombres de la octava compañía de los Ángeles Sangrientos, un capítulo de los Marines Espaciales de su Emperador, dios del Imperio y protector de la humanidad, padre de todos aquellos soldados sobrehumanos que allí esperaban. Estaban impacientes por saborear la adrenalina y la sangre enemiga, aunque esta sed de combate no era natural, sino su maldición.

Maldición que a veces era muy bienvenida por algunos resignados.

—Al final partimos hacia la batalla, amigo mio — Decía en el puente de mando una figura alta, robusta por su armadura e intimidante por su rostro amenazante, aunque sonriente — no me gustaría hacer esperar a la horda orka demasiado tiempo.

Esté Marine Espacial observaba maravillado las mezclas de colores que el portal de Disformidad les regalaba, tonalidades rojas escarlata y rosas fucsias se mezclaban con los azules más suaves y los verdes más naturales. Era un espectáculo para la vista de aquellos quienes supiesen apreciar lo que ven, cosa que no se aplicaba al acompañante del Marine en esos momentos: más bajo, robusto y con una faz más amable que su capitán, el comandante Adolphus no confiaba de lo que le mostraba el exterior. Aquellos colores eran claramente llamadas de los demonios, ecos de sus gritos intentando embaucar a las almas que se atrevieran a escuchar, o en este caso preciso, a ver.

—La batalla debería centrarse en el enemigo interior, Hectus — Añadió Adolphus con un tono de voz algo amargo.

—¿El mutante?

—El hereje, amigo mio.

La respuesta dejó algo pensativo al capitán, era extraño que un Ángel Sangriento se centrara en otros asuntos aparte de la batalla en aquellas circunstancias. Aquello demostraba su gran capacidad de controlarse y la fuerza de su alma. Hectus cerró los ojos, meditando sus palabras.

—Te persiguen los eventos de Khartas, mi amigo — Respondió el capitán, haciendo uso de un elegante gesto de mano para demostrar la poca importancia del asunto— pero el pasado debería quedar atrás.

—Últimamente los asaltos han sido muy pocos, no se han rebelado ningún tipo de cultista desde hace semanas, y Baal parecía muy tranquila, ademas de que las actividades de los demonios han sido prácticamente nulas estos dos días en el subsector. Es preocupante que nos…

—¿Envíen a una misión de asalto contra una lanzadera orca cuando podrían haber demonios pensando en atacar Baal? amigo mio, vamos a donde se nos necesita, no a donde queremos ir. Debemos acabar con las amenazas más inmediatas para asegurar la seguridad a largo plazo del Imperio por el bien de la humanidad.

El veterano Adolphus abandonó la compañía de su superior dando media vuelta y adentrándose en el laberíntico lugar que eran los pasillos del crucero, mientras maldecía mordiéndose los labios en señal de desaprobación.

—Pero las amenazas que envenenan nos serían imparables si no se detienen a tiempo.

 

 

 

 

El portal de Disformidad se abrió lentamente a varios años luz de distancia, dejando ver como salía la enorme silueta del crucero Portus. Sus paredes rojas y sus placas metálicas reflejaban la luz de un sol rojo cercano que le hacía coger a la nave aspecto de navío en llamas, portadora de la muerte, en cuyo caso era el más probable contenido.

Sin embargo otra luz, más amarillenta llamaba la atención de las decenas de Marines que se encontraban en el crucero. Allí se ubicaba una flota orka entera, diez o veinte naves de combate mas de las que habían sido informados. Sin embargo lo que extraño a la mayoría de los allí presentes no era el hecho de la cantidad, sino el estado de aquellas naves, pues ardían en el vacío del espacio, destruidas y carbonizadas en mayoría.

El crucero de combate Portus se encontraba ahora en una trampa: El portal de disformidad se había cerrado, y múltiples tentáculos multicolor se abalanzaban sobre ellos procedentes de las naves destruidas. Al acercarse bien uno podía distinguir mejor que no se trataban de tentáculos.

El grito de un cañonero que se había percatado a tiempo de la amenaza lo dijo todo. Fue gracias al hermano Jhosue que la mayoría de los tripulantes sobrevivieron a una catástrofe y destino similares a los cruceros orcos.

—¡Demonios! ¡Abran fuego!

La alarma emitida por radio llego también a oídos de los módulos penitenciarios del crucero, donde sombras de armadura negra maldita estaban encadenados y encerrados para ser liberados como balas de cañón en la guerra. La mayoría no había atendido dado a que estaban más atentos a su locura, pero varios escucharon claramente la primera palabra del aviso. Había llegado su hora.

Aquella noche rodarían las cabezas de los herejes y demonios que atentaban contra la seguridad de la humanidad y del Trono Dorado, pues la Compañía de la Muerte se había liberado a la fuerza para desencadenar el terror una vez más bajo el nombre de la rabia y la locura.

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