Adéntrate en una misión de la cual nunca podrás escapar.

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7º-La travesía del Angeluss— Vigilados.

La helada superficie de Valhalla, antaño prospera y verde, era la representación de un planeta en decadencia donde sus habitantes a duras penas lograban sobrevivir. Tras diez mil años de duro invierno las ciudades habían sido derruidas por el paso de las tormentas y el tiempo. No se llegaba a ver apenas nada de la gran civilización humana que antes residió allí, exceptuando una capsula de color rojo, abierta y rodeada por varias siluetas del mismo color. Preparaban a los heridos para comenzar el camino hacia el punto sanitario más cercano y posteriormente abastecerse para decidir que hacer a partir de ese momento.

La nieve caía sobre los Ángeles Sangrientos, el viento los azotaba con crueldad y el frió los hacía temblar a más de uno . Sin embargo no pararon durante el viaje que, aunque silencioso por los caídos, les llevaba cada vez más profundo a una ira que no tenía cura. Su rabia y su pesar cada vez corrompían más sus almas. No podían evitarlo pues estaba en su sangre, en su mente y en sus corazones; la rabia de Sanguinius era aquello por lo que estos portadores de la muerte se diferenciaban del resto. Eran los que mejor sabían controlar sus emociones, debido a que si caían ante ellas se volverían Berserkers enfurecidos, seres andantes sedientos de sangre como un demonio del dios Khorne. Sin embargo esta escuadra no podía contenerse mucho más debido a los incidentes pasados. La mayoría de sus hermanos habían caído y apenas sobrevivieron unas pocas escuadras, un apotecario y un tecnomarine.

Tras varios días de ininterrumpida caminata alcanzaron una de las entradas a las ciudades Valhallianas;  estas se hallaban bajo tierra dado a que una edificación en la superficie no dispondría del calor necesario como para mantener con vida a ser vivo alguno. Las puertas eran parecidas a las de un manufactorum, grandes con motivos góticos pero recubiertas con pintura blanca para camuflarlas en el entorno. El tecnomarine Tane observo de nuevo su consola, en busca de algún tipo de señal. Tras escanear la puerta se dirigió a Caldentei.

—Es aquí —Dijo Tane señalando al extremo oeste del portón derecho— la entrada está operativa y, si mis sensores no mienten, requiere de permisos.

—No tenemos tiempo de buscar otro acceso a esta u otra ciudad —Se interpuso Abians—Tanto el sargento como Jonathan precisan de atención médica del apotecario, pero no dispone de las herramientas necesarias ¡Busque una manera de entrar por esta puerta!

Sin esperárselo, la mano del sargento se apoyó en la hombrera del especialista Abians. Este lo miró a través del visor de su casco y vio en su rostro una expresión de resignación que le dejó destrozado por dentro. Sin embargo no lo demostró lo más mínimo, simplemente ayudo a Caldentei a mantenerse en pie.

—Ya he estado en este planeta antes, no dejaran pasar a ningún renegado por esas puertas —El sargento, tras decir estas palabras, cerro los ojos— Jamas debí haber emitido aquel mensaje de alerta. Nos darán como traidores a todos los que estábamos bajo las ordenes de Hectus.

Hubo un silencio bastante incomodo durante unos segundos. Todos pensaban que ya no había manera de servir fielmente al Imperio desde la primera línea. Habían dejado de ser los héroes del Imperio por una equivocación. Durante su largo camino hasta la puerta blanca el tecnomarine había recibido una retransmisión desde Baal al sistema en el que se encontraban, ordenando disparar a todo marine que hubiese servido en el Portus. Aquello era una pesadilla vuelta realidad, todo había sido en vano.

—Aún así no ha pasado lo peor, podrían habernos matado o mucho peor, habernos capturado —Dijo Petus en voz alta intentando animar a sus compañeros.

—Si —Admitió el apotecario Vicktor— Sinceramente este es un desenlace mejor que los antes mencionados…

Antes incluso de acabar la frase, el apotecario logró divisar, sobre una de las colinas cercanas, una figura negra y blanca, larguilucha y armada con una extraña lanza. A su lado estaba una silueta encapuchada. No lograba distinguir bien que era, pero lo que si sabía era que les estaban apuntando con un arma.

—¡Hermanos, una emboscada!

Surgieron después, de secciones cercanas del terreno, más figuras encapuchadas  de blanco, rápidas y sinuosas como una serpiente en su hábitat natural. Los marines no tardaron en abrir fuego hacia dichas siluetas y al mismo tiempo estas respondieron; una  ráfaga de proyectiles brillantes como el cristal atravesaba la armadura de los Ángeles sin apenas esfuerzo. Estos no fueron gravemente heridos, pero si se dieron cuenta de que contaban con la desventaja táctica y con la con la minoría en número.

Eran Eldar, la especie más antigua de la galaxia, y ahora observaban los movimientos de los Marines detrás de sus coberturas. Cazadores en las tinieblas del crepúsculo difícilmente detectables. Se hizo recuento de armamento mientras tomaban posiciones defensivas. No había munición suficiente como para hacer frente a todas las siluetas que vieron (Como mínimo unas veinte), era probable que hubiesen más y aún así plantaron cara. Abians podía notar que el frío le estaba empezando a afectar; se había alejado un poco más del grupo y se sentía un poco mareado. Sin embargo se pregunto si los Marines Espaciales podían ser tan débiles al frío. Su respuesta se vio negativa cuando al mirar a su alrededor vio una capa negra perteneciente a uno de los Eldar. Estaba sujetándole por el casco y por mucho que lo intentara, el especialista apenas podía moverse.

—Renegados os habéis llamado.

La figura portaba su lanza en la otra mano, que no dudó en clavar en la nieve tras liberar de su embrujo a Abians, quien cayó desplomado al suelo por los efectos del hechizo. Se fijó entonces que el Eldar tenía casco, y que con las dos manos libre ahora podía quitárselo. Un largo cabello castaño surgió del casco y poco después se pudo vislumbrar un rostro femenino, Eldar, pero femenino a fin de cuentas.

—Perdonad por el disparo, pero fue nuestra respuesta a vuestro fuego de metal —Prosiguió la hechicera— os hemos seguido por el largo camino desde que os vimos caer desde el oscuro cielo de la noche Valhalliana. Ya no quedan hombres en esta ciudad…

Sin apenas demostrar un ápice de compasión por los humanos que habían poblado antes aquellos lugares se acerco al sargento.  Este observo que el rostro de la vidente dejaba escapar un poco de emoción al mencionar a los suyos.

—…vinieron los demonios y se los llevaron, junto con nuestros camaradas. Ya no queda nadie con vida tras esos muros.

 

 

 

 

Respiró, a pleno pulmón, el aire limpio que le ofrecía la estancia médica, pues reconocía el olor a esos productos químicos que se utilizaban para aliviar los males. Se sintió aliviado. Intentó abrir los ojos pero quedó cegado ¿Cuánto tiempo habría estado sin conocimiento? ¿Qué había pasado? Intentó hacer memoria y solo llegó a recordar el fuego y la sombra, mucho rojo y luego nada. Se apresuró a levantarse sin éxito, sentía mucho dolor por la zona del abdomen. Había sido atravesado por un arma, eso lo recordaba bien. Sin embargo su mente parecía no querer recordar quien le hizo tal herida, por mucho que el intentara rememorarla. Abrió de nuevo los ojos, intentando ver algo o a alguien, y poco a poco sus ojos se acostumbraron a la luz permitiéndole ver a una figura roja como la sangre a su lado. No pudo distinguir su rostro o su forma, y mucho menos si era amigo o enemigo.

—Os pondréis mejor, comandante —Dijo una voz que venia de la silueta roja— solo necesitáis un poco de tratamiento.

Sus intentos de ponerse en pie fueron inútiles pues por más que lo intentaba no podía mover sus piernas de su posición. Era muy probable que hubiese quedado inútil y aquello le llenaba el corazón de desesperación, sobretodo por no poder seguir luchando contra los enemigos del Emperador.

“¿Qué enemigos?” Se preguntó. No faltó mucho para que sus recuerdos comenzaran a aflorar; había sido atacado por el caos, una infección había corrompido su tripulación y lo peor, habían seducido a su hermano de batalla.

—S-siempre culpó a los que el llamó “los necios del Imperio” —Comenzó a hablar el comandante— odiaba a la Guardia Imperial por ser incompetente, a la Inquisición por nunca acudir en su ayuda cuando la necesitaron —Reposó de nuevo su cabeza en la camilla antes de proseguir— pero nunca pensé que llegaría a tal extremo. Solo un loco acabaría por traicionar a los suyos por una sola parte de de estos.

—¿De que habláis, señor? —Preguntó la figura, confundida.

—De un traidor —Prosiguió— un hermano perdido en la espesura de la discordia, de la cual no podrá salir jamas.

Y por primera vez en mucho tiempo, sin saber como había sobrevivido, Adolphus cerro los ojos voluntariamente, deseando la muerte. Su voluntad de luchar se vio quebrada. La llama de la venganza no ardía en su interior, al contrario, solo latía en él el preguntarse por qué había pasado todo aquello.

—¿D-donde estoy? —Preguntó sin abrir los ojos.

—En el crucero Angeluss, señor —Aclaró la voz— dirección a Baal…

“Dirección a casa” Corrigió en su mente el comandante.

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6º-La travesía del Angeluss— El final de la camaradería.

Sin una navegación adecuada el crucero empezaba a vagar sin rumbo por la inmensidad de la disformidad. Ahora costaría encontrar el camino adecuado por donde volver a Baal, además de que si no se daban prisa podrían acabar en cualquier punto del universo con la mínima apertura que apareciera en el tejido disforme. El metal gris que recubría la pesada estructura voladora ahora cobraba un tono negruzco. Empezaban a debilitarse sus componentes, probablemente por la falta de protección debida a la posesión del caos sobre el crucero. Quedaba poco tiempo para que la vida de los fieles que permanecían dentro luchando peligrara de una manera que nunca hubiera podido imaginar.

Los corredores de la nave, las cámaras, las calderas, todo estaba siendo consumido por una inmensa oscuridad que empezaba a provocar estragos en el mismo interior del espíritu máquina. No solo los sistemas estaban vivos, ahora la totalidad de la nave era metal viviente moldeable gracias al poder de la disformidad.

Dicha vida era ahora testigo del combate que estaba aconteciendo en el puente de mando. Sobre los cadáveres de los tecnoingenieros del mecanicus se erguía la roja armadura del comandante, quien perseguía al hereje Hectus con una extraña mezcla de ira, devoción y confusión en su mente. Su martillo era lo único que iluminaba la sala a excepción de los disparos de los bólteres de asalto pertenecientes a los exterminadores allí presentes. Uno de dichos disparos alcanzó la mochila del fiel, desestabilizándolo durante unos momentos.

—¡Imbéciles! —Vociferó el traidor— ¡Es mío!

Y de un salto, más rápido de lo que el fiel comandante fue capaz de percibir, se encontró Hectus sobre el lanzando relámpagos desde sus dedos. La pintura que recubría los guantes del antes capitán se quemó con rapidez, dejando ver unos brazos completamente negros al cabo de unos minutos. Adolphus mantenía su martillo contra él impidiendo que los rayos le llegasen a rozar. Pero era cuestión de tiempo que su martillo cediera junto a su resistencia y acabara sucumbiendo a dichos poderes.

Solo encontró una solución de ganar tiempo. Lanzó su enorme martillo contra el herético, quien para esquivar el pesado proyectil no vio más remedio que trasladar su posición aérea, dejando de atacar. En esas décimas de segundo todo ocurrió muy deprisa, los exterminadores, que habían obviado a Abians salieron disparados a por el comandante y, sin previo aviso una espada flamígera se veía en el aire, dirección al comandante. Adolphus se aferró al mango del hierro ardiente y, observando al especialista Abians, quien le había entregado el arma desde la distancia, asintío como si se despidiera de él.

Las llamas que recubrían la espada se vieron introducidas en la armadura de un exterminador por medio de una estocada en la apertura del cuello. Después otro se abalanzó contra el, enfurecido y enloquecido. Este recibió varios tajos en el pecho y en el casco, sin embargo ello no le detuvo en su avance. De un ataque de su maza quebró la defensa del comandante, enviándolo varios metros contra una pared cercana.

Abians corría en dirección al martillo de energía que Adolphus había lanzado antes y cuando llego a verlo se encontró con que estaba en manos del capitán Hectus. La luz azul que despedían los generadores del arma ancestral ahora iluminaban el ya demacrado y  cansado rostro del traidor. Abians volvió a sacar su cuchillo de combate, pero Hectus no se paró siquiera a combatir con él. Siguió caminando camino a su antiguo compañero de armas de mayor rango.

Como si enloqueciera de repente por tal vacío, Abians se abalanzó con su cuchillo hacia la espalda del capitán. Sin embargo, con un movimiento de muñeca este soltó diversos relámpagos que impactaron en la coraza del especialista, dejándolo inútil.

—Perdóneme… —Empezó a decir el marine.

“… pero no soy lo bastante fuerte” termino pensando mientras caía rendido al suelo, inconsciente.

 

 

 

 

El sonido del roce metálico despertó a Abians. Se levantó de un salto al recordar lo que había sucedido y, peor aún, lo que había llegado a entrar en la nave. La mayor parte de la sala se hallaba en desastre: las paredes caídas, el techo casi inexistente, el suelo negro de quemaduras y relámpagos saliendo disparados por doquier destrozando la escenografía.

Seguían combatiendo el capitán y el comandante. Uno lanzaba relámpagos lo más que podía antes de atacar con el fiero martillo. El otro esquivaba todo lo que podía mientras esperaba una apertura en la defensa del enemigo para atacar. Abians desconocía como habían llegado a dicha situación, pero lo que si sabía era que en cualquier momento el combate podría acabar con la muerte de algún contendiente.

La finta fue rápida y, aprovechando las heridas del comandante, Hectus golpeó el muslo izquierdo, desestabilizando a Adolphus. Este intentó colocarse en una posición más defensiva, pero se vio falto de fuerzas y, cuando menos se lo esperaba se vio desarmado. El martillo de energía había caído al suelo otra vez y la espada había sido recogida por el capitán. El movimiento fue rápido y apenas se sintió dolor.

La espada llameante ahora atravesaba el vientre del comandante, quien se encontró sin fuerzas para mantenerse en pie, a excepción del apoyo que le proporcionaba su arma asesina.

—Este es el fin, Adolphus —Dijo el hereje.

Este sacó la espada del medio cadaver y, con un par de empujones (ayudado de sus nuevos poderes) lanzó al comandante por una apertura cercana. El espacio multicolor de la disformidad se tragó al ya derrotado marine y sin más dilación se dio por comenzado el reinado de terror del renegado capitán. Abians no daba crédito a sus ojos, pero no era tiempo de vacilar, ni tampoco de llorar a los caídos. Debía encontrar algún superviviente y escapar de aquel lugar.

No sentía miedo, no era un cobarde, pero sabía muy bien que contra aquel enemigo no era rival, y probablemente ningún ser del navío lo fuese. Así que decidió dar la vuelta y salir del puente lo más rápido que pudo, dando una señal de alarma. Era muy probable que el capitán Hectus lo escuchara, pero le daba igual que le tomara por cobarde. Lo mas importante era la vida de sus hermanos de batalla.

 

 

 

 

Diversas capsulas de asalto fueron lanzadas como capsulas de salvamento aquel día tras el informe de Abians a los posibles supervivientes. No eran más de doce, sin contar los enloquecidos Compañeros de la Muerte que dejaron atrás para su perdición.

—Que la muerte sea piadosa con sus desesperadas almas.

El rezo que dio Abians llenó de desolación los corazones del resto de ángeles allí presentes. Aunque se dijera que los Marines Espaciales del Emperador fuesen los salvadores definitivos, los ángeles de la muerte que no temen a nada y no se arrepienten bajo ningún concepto, también era verdad que ellos ademas eran Ángeles Sangrientos, unos marines devastados por los sentimientos de rabia y culpa.

Pero unas toses dieron una luz de esperanza al equipo presente dentro de la primera capsula. Cerca de Abians el Apotecario Vicktor asistía al sargento de su escuadra, quien fue gravemente herido por un exterminador.

—El sargento Caldentei estará bien —Afirmó el apotecario— la bala que le atravesó era munición muy antigua y tampoco causo muchos daños en el sistema sanguíneo del sargento. Ha perdido uno de sus dos corazones pero con algo de tiempo se recuperara.

—Escuchamos un disparo en la transmisión —Musitó Petus— al menos yo pensé que dicho disparo había sido el que acabo con su vida.

—El enloquecido Ardian estuvo a punto de acabar con su hermano de batalla al que no reconocía dado a su enfermo estado como soldado negro —Explicó Vicktor, aferrándose a la cartuchera que guardaba su pistola bólter— Pero conseguí acabar con el antes de que terminase con su vida.

—Gracias al Emperador.

—No Petus —Escupió Abians mientras miraba la pantalla que enseñaba el exterior de la capsula mediante una de las cámaras exteriores— no hay nada que agradecer al día de hoy. Todo por lo que hemos luchado, la hermandad que nos unía… se ha perdido.

Volvió a echar un vistazo a la pantalla, que finalmente se veía negra con multitud de puntos brillantes a la distancia y con una esfera gigantesca que se iba agrandando conforme pasaban los minutos. Habían escapado de la disformidad y de aquella pesadilla. Sin embargo Abians se preguntaba si aquello era simplemente el preludio de lo que estaba por venir.

 

 

 

 

En una de las capsulas se encontraba, ademas de unos cuantos Ángeles Sangrientos supervivientes, una armadura MK4 que se había camuflado entre los demás mediante una ilusión. Sin esperárselo las cabezas de los supervivientes en dicha capsula fueron atravesadas con plomo del bólter perteneciente a dicha MK4.

Rodeado de cadáveres, Bellerophon musitó.

—Esto va a ser divertido, ¿Verdad amigo?

Y desde las sombras de la disformidad, podía escucharse una risotada, oscura y malévola perteneciente a un exterminador que solo se limitaba a observar la perdición de los Ángeles.

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5º-La travesía del Angeluss— Separación.

El estado de la Sanctorum Prima del crucero era ruinoso. La estructura de la santa sala había quedado reducida a poco más que un esqueleto metálico, débil y frágil en comparación al estado que tenía diez minutos atrás. La sangre se esparcía por la mayor parte de la escena, el altar donde se realizaban los rezos al salvador de la humanidad había quedado reducido a polvo, y en su lugar se hallaba ahora un grotesco exterminador de color verde negruzco impidiendo la salida de cualquier ser vivo que quisiera salir con vida de aquella sala.

No había tiempo para dudar, solo había que dejarse llevar. Durante los últimos momentos de su vida el sargento Caldentei agarraba con fuerza su espada de energía. Los segundos se hacían milenios ante la verdad que estaba resonando en su mente. Debía mantener la calma ante aquella situación o perdería el control de su cuerpo, mente y alma. La Rabia Negra, la maldición de los Ángeles Sangrientos estaba cerca, y antes de caer ante ella prefería caer con honor frente a aquellas repugnantes criaturas.

Un paso más cada vez que respiraba, a los tres metros de desvelar su posición dos balas traspasaron la coraza de la servoarmadura que lo protegía, rompiéndole el corazón. Aún así su cerebro podía aguantar cuatro minutos más sin reservas renovadas de oxigeno. Suficiente como para acabar con la vida de su enemigo.

Su espada fue certera, y el golpe letal. Desgraciadamente las fuerzas de las que disponía el sargento eran escasas, y cada vez menores. No temía a la muerte, solo quería que aquello acabara sin que fuera tratado por los suyos como un paria, como escoria de armadura pintada de negro como muchos de sus antiguos camaradas caídos lo fueron en el pasado.

La armadura del Exterminador fue gravemente dañada, incluso aquel tipo de ceramita reforzada con los elementos de la oscura disformidad cedía ante armas como la de las espadas sagradas del emperador. No había podido herirlo de muerte, pero esperaba que alguien que le siguiera acabase con aquella bestia y honrase su muerte.

Su deseo se hizo realidad, calculó que apenas le quedaban tres minutos, y cayendo de rodillas ante el Exterminador, dos veces más grande que el, vio como por la gigantesca apertura que su arma había dejado en la armadura del bastardo se colaban varias balas de bólter  que hicieron que el hereje se revolviera sin medida.

Mientras este caía al suelo, pereciendo, el sargento Caldentei miró atrás para ver a su salvador: una figura negra que respondía a la perfecta definición de locura e ira. Se acercó unos pasos más hasta que las caras de los dos Marines se vieron enfrentadas. Decían que la Compañía de la Muerte, la compañía prohibida de los hijos de Sanguinius estaba formada por auténticos Berserkers guiados por los recuerdos de una guerra interminable, la guerra en la que el primarca murió. Pero también se decía que, en unos pocos momentos de intensa locura, estos seres, ya lejos de ser humanos, tenían unos instantes breves de lucidez. El sargento debía aprovechar aquella oportunidad antes de que el oscuro guerrero volviese a enloquecer.

Intentó ponerse de pie antes de perder la vida y, con unos últimos pasos se detuvo ante una consola cercana, iniciando una grabación y activando el sistema de comunicación primario. No esperaba encontrar ayuda en la nave, así que su mensaje fue enviado mucho más lejos, hacia el planeta perteneciente al Mechanicus más cercano. Justo después comenzó a hablar.

 

 

 

 

Llegando a los pasillos principales del modulo de mando, el Comandante Adolphus se detuvo antes de penetrar en las gigantesca estructura base. Había recibido una señal de comunicación que pitaba en sus receptores de manera muy molesta. Activó el comunicador de canal único para poder recibir la transmisión, y grande fue su sorpresa al detectar una voz muy familiar en ella.

A todo sistema cercano al espacio Valhalliano, retransmitid este mensaje a Baal, repito, retransmitid este mensaje a Baal inmediatamente — Fue extraño que el sargento Caldentei estuviera comunicando un mensaje de emergencia — el crucero de combate Portus ha sido… infectado. Ha sido una emboscada. La misión de exterminación orca fue solamente una treta del Capitán Hectus para acabar con la vida de casi una compañía y hacerse con el poder de los demonios del Caos. Se afirma la existencia de Herejía y de todo tipo de traición habida y por haber a bordo de este crucero, aléjense y disparen al crucero con identificación X-59B70P…

Aquel mensaje dejó sin aliento al antiguo comandante, que nunca habría imaginado que tamaña traición hubiese sido urdida por un Marine que llevaba tantos siglos luchando por el Imperio, había sospechado de el en alguna que otra ocasión de casos menores, pero no de algo tan grave e imperdonable.

… de los casi cien Angeles sangrientos que se hallaban en el crucero al principio de la misión calculo que habrán muerto más de setenta, y el resto ha sido capturado o aun siguen batallando dentro de la nave, a menos que se hallan r-rendido ant-te las tentaciones de la oscuridad. Sarg-gento Caldent-t-tei, corto.

La linea se mantuvo abierta, escuchándose al final un golpe seco y un disparo de bólter. Era su último mensaje, y había servido bien.

El comandante empezó a correr lo más rápido que pudo, no se preocupo de cansarse o de caerse, debía encontrar al hombre que había causado aquel infierno y responder a sus dudas. O eso o caer ante la muerte.

 

 

 

Sobre los cadáveres de servidores, en lo más alto del puente de mando, Hectus luchaba blandiendo elegantemente su espada llameante. Frente a el, mucho más ágil que el capitán, pero peor armado se encontraba el especialista Abians, con cuchillo de combate intentando encontrar una brecha en la defensa del hereje. Tres Exterminadores mantenían el silencio alrededor de de los dos combatientes. Fuera de toda lógica para el, el capitán Hectus no llegaba a entender porque aquel ser inferior no quería ver la luz que le ofrecían los dioses oscuros, y aún así podía hacerle frente aún.

Tras una floritura bien ejecutada, Hectus clavó su espada en el hombro de la servoarmadura enemiga. Lo que no vio fue que, aprovechándose de esto el contrincante se aferró a la hoja ardiente. Posteriormente, Abians, apoyádose en el arma de su enemigo con una mano logró herir al capitán con su cuchillo de combate a través de una de las pocas ranuras de la servoarmadura para dejar pasar el cableado externo. Los Exterminadores se resaltaron y el capitán retrocedió, soltando su espada. Su servoarmadura había demostrado ser débil para un ser tan magnífico como si mismo.

Tras quitarse la capa y la mochila, el capitán Marine Espacial se acercó al especialista, que ya se aferraba con dos manos a la gran espada flamígera preparado para el combate.

—Muy bien jugado, muchacho. Es hora de que acabemos ya con esto.

Y antes de saltar a por su rival, Hectus recibió en el pecho un impacto de bólter que atravesó su servoarmadura, pero sin herirle, que provenía desde la entrada del puente. La silueta de un comandante conocido, con martillo de energía y pistola bólter se asomaba por el pórtico, escuchándose mientras dejaba ver su sorpresa las siguientes palabras.

—Este juego se acabó, hereje. Detente y recibirás una muerte justa.

—¿Acaso crees que podrás detenernos a todos, viejo amigo?

—Yo ya no creo en los amigos…

…no como tu.

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4º-La travesía del Angeluss— Cobardía.

El navío se desviaba de la ruta disforme mientras que la oscura corrupción de la disformidad, en toda su putrefacta gloria, se hacía cada vez más y más con el control del crucero de combate. El efecto de dicha corrupción era apenas efectivo en los cruceros de los Marines Espaciales siempre y cuando se tratase de una infección externa, pero una vez conquistado el sistema del Espíritu Máquina era todo cuestión de tiempo. La parte más importante y sagrada de un santo crucero imperial, no tomada en cuenta en la misión de bautizo de la nave, había caído, y con el todas las almas que dentro residían.

Parecía increíble el nivel de facilidad que se necesito para poder efectuar dicha tarea, pero más impresionante era el hecho de que su trofeo era tan importante. En unas horas los demonios saldrían del portal, invadiendo los cientos y cientos de corredores metálicos, cámaras y sistemas que componían el navío espacial. Luego llegarían los verdes y malditos Marines Espaciales del Caos para hacer la verdadera purga y, al final, llegarían los lugartenientes del gran Señor del Caos Demecian, cinco grandes exterminadores, posiblemente invencibles, preparados para ponerse a su servicio. A partir de ese día se conocería al Capitán Hectus con otro titulo del cual haría gala por el resto de la eternidad.

El gran capitín cubierto por una gran capa de color cobrizo y espada flamígera esperaba en el puente de mando rodeado de los cadáveres de los pilotos y tecnomarines que allí se encontraban. Decenas de servidores yacían a sus pies, que servían únicamente para alimentar sus fuerzas y, que además, eran ofrecidos al dios del caos Nurgle, el padre de todos los males.

No le movían el poder, la vanidad, el orgullo o las ansias de gloria. No, el buscaba algo más allá, pero nunca lo había compartido con nadie. Khartas era el nombre de la tragedia que hacia sufrir de una agonía constante, el nombre del planeta donde aconteció una guerra hacía mucho tiempo terminada.

Recordaba el polvo que levantaban las pisadas de sus hermanos, recordaba la respiración pesada causada por los días y días de intensa caza, también rememoraba continuamente el sabor de la sangre y el calor de las balas en su piel. Pero lo peor fue la muerte de sus hermanos, causadas por las decisiones de apoyo erróneas tomadas por los novatos y por los odiosos mortales de la Guardia Imperial. El sufrimiento que sintió al intentar mantener con vida a sus hermanos le había acompañado el resto de su vida.

Y por eso era la venganza lo que le movía.

 

 

 

 

El Martillo de Energía se incrusto en la cabeza del Exterminador del Caos derivando en la carne quemada y los huesos calcinados que quedaron cuando el comandante retiró el arma del cráneo putrefacto. El golpe que Adolphus efectuó debería haber sido mortal y, sin embargo, el Hereje sin cabeza se mantenía aun en pie sin problema alguno.

Alzo su maza demoníaca, y con una especie de grito gutural se lanzo torpemente contra el Ángel Sangriento. Una nube violeta brotaba de dicha arma maldita, la cual aplastó el metal que pisaban de tal manera que, aunque hubiese sido esquivado, el comandante salió disparado chocando con una pared por la onda expansiva. Posteriormente el lanzallamas pesado del Exterminador escupió horrendo fuego disforme, llamas violetas que calentaban el metal hasta el punto de dejarlo al rojo vivo en apenas décimas de segundo.

Adolphus se oculto tras una voluminosa columna metálica, caliente al tacto dado al flamígero ataque, pero debido a su Servoarmadura Artesanal no tenía por que preocuparse por el tacto de dicho metal. Su mente pensaba que hacer contra tal monstruo aparentemente invulnerable a los golpes mortales: Su cabeza estaba aplastada y su armadura de exterminador estaba muy dañada. Aún recién salido de combate, el Marine Espacial del Caos debería tener algún punto de inmovilización, más accesible ahora dado al desgaste de sus pasadas acciones bélicas antes de emerger del portal.

Pero ahora que se fijaba, las armaduras de Exterminador no se agrietaban por una batalla, por larga que fuera, a menos que fuera un modelo muy muy antiguo, probablemente de poco después de la herejía, y aun así parecía un modelo bastante reciente. Ahora tenía una idea.

—Eh, ¡Traidor! ¿Como has sobrevivido a ese impacto?

—Eso no te incumbe, ¡La inmortalidad es un don solo para los que adoran a los verdaderos dioses!

Escuchó pisadas, pero no le importo, había calculado el tiempo que le tomaría al Exterminador llegar hasta su posición, y mientras esperó. Su respiración se le antojaba más pesada que de costumbre, probablemente debido al encuentro con el Marine Exterminador que le había infectado antes. Sintió también la ira de su enemigo, como emanaba fuertemente de su mente para crear un halo de terror a su alrededor. Así funcionaban los traidores, con engaños, manipulaciones y gran cantidad de artimañas sin honor.

Pero aún así, lo importante no se fijaba en su propio estado o en el del enemigo, sino en su voz, dado a que esta no provenía de la voluminosa armadura.

El comandante se abalanzó rápidamente contra su adversario, quien respondió con presteza alzando su puño en llamas para evitarle el paso. La suerte ya estaba echada, las cartas sobre la mesa, y la jugada le había dado la partida al Ángel Sangriento. Tras una finta bien ejecutada y elegantemente realizada, Adolphus hizo impactar su pesado martillo contra una de las piernas del hereje, quien cayó al suelo torpemente.

Había caído, al contrario de como hacen los Exterminadores de verdad, siquiera sus armaduras vacías cedían de esa manera. Relacionando a concepción del enemigo de lo que era una armadura de exterminador y su capacidad para poder manipular su ira como un aura, determinó que aquello era una manipulación visual o psíquica de lo que era la realidad gracias a sus poderes mentales. Era acertado decir que era un simple aprendiz a Hechicero del Caos.

—Abandónala, esta ilusión ya es inútil — Ordenó el comandante poniendo sobre el pecho del caído su Martillo Trueno.

En pocos instantes la armadura de Bellerophon acabó disipándose, dejando tras de si una armadura que vagamente recordaba al modelo MK4 usado en la herejía. Era difícil de creer que alguien como un antaño Marine Espacial, un hijo del Emperador, cayera ante el deshonor de querer parecer otro o siquiera mentir sobre si mismo. Ser un soldado al servicio del Imperio, fuese quien fuese, era el mayor honor existente, y alguien como el no merecía existir por no enorgullecerse de serlo.

—M-mi armadura, ¡Perdida! ¡Devuélvemela! — Vocifero el herético.

—No exijas a los que tienen tu corazón en la palma de su mano. Tu armadura ya obsoleta no debería aguantar el peso de ni siquiera un impacto de mi arma de energía, así que habla o te enterrare con la disformidad.

Pasaron los minutos, y temiendo por la seguridad de la nave Adolphus no podía aguantar más. Alzó su martillo y, cuando estuvo preparado para asestar el golpe final, Bellerophon soltó el lanzallamas pesado que tenía en su mano derecha. Fue suficiente para dar a mostrar su rendición.

—Si tu estuvieras en un campo de batalla durante años, rodeado de compañeros muertos, también harías cualquier cosa por sobrevivir — Escupió el Marine del Caos.

—Así que no adoras a los cuatro dioses malditos.

—Yo solo me agarré a la primera cuerda de salvamento que encontré, haré lo que sea para mantener mi vida. No espero que me la perdones, pero al menos déjame ver como se hunde este crucero maldito.

El leal bajó su arma, separándose un poco del traidor. Había visto muchos tipos de cobardes, pero no a uno que llegara a tal punto por sobrevivir, había traicionado al emperador, y ahora también lo había hecho a sus dioses para mantener la cabeza en su sitio. Abominable, pero necesitaba toda la información posible.

—Sabes que si me dejas aquí y sales corriendo a salvar a los tuyos podría escapar por el portal que ahora esta detrás de nosotros, ¿No?

—No confío en ti, hereje, pero si en que si vuelves allí, a la disformidad, tras haber rendido las armas, te esperará un destino peor que la muerte a manos de los de tu especie.

Entendiendo el mensaje y lo que verdaderamente quiso decir el comandante, Bellerophon se mantuvo en su sitio, incapaz de ponerse en pie debido al golpe previamente recibido en la pierna.

—¿Como supiste que era una ilusión? Lo de la armadura…

A su pregunta el Ángel Sangriento respondió mientras caminaba hacia el exterior de las calderas interiores.

—He visto otros como tu, que usan sus artimañas con vanos y egoístas propósitos. Puedes sentirte afortunado de que no eres el que tenga los peores motivos.

Tras desaparecer en la oscuridad de la nave, Bellerophon quedó pensativo. Sabía que sus ilusiones podían ocultar su verdadera fuerza para causar miedo en las filas enemigas, pero ahora había descubierto, después de tantos años, que tenía esas limitaciones. Igual ya era hora de dejar de ser así de cobarde por un tiempo, igual la clave de la supervivencia no era simplemente esconderse.

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3º-La travesía del Angeluss— Juego.

El comandante Marine Espacial quedó inmóvil, pensativo, intentando mantener la calma ante la reciente muerte de diez de los Marines Tácticos que le siguieron. Intentó regresar a un estado de paz mental en la cual maquinar alguna estrategia que le ayudara a escapar de aquella situación de cuasi cautiverio, pero el dolor y su rabia lo desestabilizaban. Era normal para los iniciados dejarse llevar por el dolor, pero no para un comandante experto, aquella munición debía ser extremadamente peligrosa.

El Exterminador del Caos se acercó al veterano, inclinando un poco su corpulento cuerpo. Su casco de cobre oxidado y sucio estaba adornado por trozos de ceramita fundida intentando emular el aspecto de una corona podrida. Sin embargo no emitía el aura hostil que los otros exterminadores le transmitieron al aparecer. Este hereje parecía traerse algo entre manos que no incluía hacerle daño.

—Siento haberte disparado, pero no sabía que tu serías el que abriera la cámara — Prosiguió el Exterminador — eres importante para los planes del Padre.

El comandante intentó levantarse de nuevo, pero todo lo que consiguió fue levantar un poco la cabeza y balbucear algo que el Marine Espacial del Caos comprendió bien.

—A-antes morir que jugar en tus sucios juegos — Intentó exclamar Adolphus.

Los efectos del envenenamiento pasaban lentamente, pero el sistema inmune de un Ángel Sangriento como el le permitía hacerle frente rápidamente y aún así le tomaba tiempo, más del que creía permitirse. Finalmente el Exterminador se dignó a explicarse decentemente, algo que el comandante creyó entender.

—Puedes esperar aquí y morir, o ir tras mis compañeros y reducirlos para salvar a los tuyos — El Marine del Caos parecía incitarle a que se esforzara un poco más, sin embargo el que le diera una opción más a la situación confundió al veterano — sin embargo salir de este estado tendrá un precio muy grande.

Adolphus ni se dignó a pensar más de la cuenta debido a que se esforzaba lo más que podía en levantarse. La armadura le pesaba, el costado probablemente le sangraba, y no disponía de la capacidad precisa en ese momento de poder razonar todas las opciones. Cada vez se levantaba más y más, llegó incluso a sentarse, pero sus fuerzas apenas alcanzaban a más.

—¿Qué tramas, hereje?

La pregunta pareció cansar al Exterminador, quien se irguió de nuevo retrocediendo unos pasos. Parecía que el comandante recuperaba fuerzas rápidamente, pero aún era demasiado pronto como para esperar nada de sus capacidades ofensivas. Finalmente el hereje empezó a caminar hacia el portal, decidido a dejar atrás aquella nave. Sus pasos eran más pesados que antes, y su gran ametralladora pesada parecía estar ya cansada de disparar. Ahora que se fijaba, Adolphus pudo examinar con más detenimiento al Exterminador mientras se alejaba: los daños de armadura eran muchos, superiores de los que una servoarmadura podría soportar y además habría hecho mella ya en su resistencia como armadura de Exterminador del Caos.

Examinando estos detalles el veterano se dio cuenta de otro detalle, pues habían daños muy recientes en las hombreras y parte trasera de la armadura putrefacta. Era posible que los Exterminadores que aparecieron estuvieran recién salidos de una batalla campal bastante brutal, lo cual explicaba con una alta probabilidad de razón los daños y la carencia de combate del ser que se encontraba delante de él.

—No me malinterpretes, comandante — Advirtió el adorador de Nurgle — aquí no soy un guerrero, solo me dedico a observar.

Y mientras este desaparecía en el portal, se dio la vuelta toscamente, arañando el suelo que pisaba hasta dejarlo brillando. Adolphus pudo visualizar su rostro bajo el casco verde y cobre, imaginando un rostro malvado y sonriente bajo aquel material protector.

—Lo divertido no es matar Marines, lo divertido es verlos sufrir. Si decides vivir, atente a las consecuencias — Finalmente el hereje se desvaneció dejando tras de si una humareda incandescente de color rosado.

Casi inmediatamente después de que desapareciera el Marine del Caos, Adolphus recobró las fuerzas que habían abandonado su cuerpo momentos atrás. Parecía hubiese sido la presencia del Exterminador lo que le hubiese arrebatado la vitalidad. Se incorporó casi inmediatamente y tan rápido como pudo aferró su mano al Martillo de Energía que empezó a brillar con un azul metálico intenso. Había llegado la hora de vengarse por sus hermanos caídos, de recuperar el honor recíen perdido, de demostrar a aquel hereje que los Ángeles Sangrientos tenían más que demostrar de lo que lamentarse en vida.

Su velocidad esprintando no era tan rápida como la de un explorador, dado a su gran armadura que en cierto momento le resultó aparatosa. Aún así era más rápido que los Exterminadores del Caos, y si los alcanzaba a tiempo acabaría lo suficientemente rápido con ellos como para poder eliminar aquellas manchas del capitulo fuera de la historia. Nadie sabría que ocurrió realmente y se controlaría mejor la información que llevara hacía quien hubiese abierto el portal.

Ahora que lo pensaba bien, ¿Como se había abierto dicho agujero en la realidad? La Disformidad, mundo de engendros y criaturas de pesadilla era difícilmente manipulable, y aunque el Espíritu Máquina del crucero fuese infectado tardaría mucho en abrirse desde un solo lado, hacía falta que el tejido de la realidad se desgarrara desde dentro de la disformidad y desde fuera.

Debía haber un traidor, y el comandante se olía que estaba muy cerca de los altos mandos del navío.

 

 

 

 

Los Exterminadores mantenían el paso más ligero que podían mientras el poder de la disformidad que les rodeaba contaminaba el metal y cuerpo gris del crucero en el que habían acabado. Su misión era simple: acabar con todas las formas de vida que no quisiesen unirse a la putrefacción del Padre y de paso, como segunda opción, capturar el crucero. Esta parte de la misión ya estaba casi resuelta, dado a la facilidad que hubo en penetrar las defensas internas del navío. Los portales eran la mejor opción para todo, o esa era la filosofía de un cobarde como era Bellerophon.

El único de los Marines del Caos allí presente sin nada que le cubriera la cara, portaba un grandísimo lanzallamas pesado que obtuvo en la primera lucha contra el falso dios Emperador, y que ahora usaba para matar desde lo más cerca de los portales. Su miedo a morir en el campo de batalla fue lo que le llevo a las manos del dios de la putrefacción, quien le otorgó gran resistencia al dolor y casi invencibilidad. Aún así su capacidad de la cobardía seguía latente.

Su sentido del escapismo se disparó cuando se dio cuenta de que estaba demasiado lejos del portal en aquel momento. Debía mantenerse cerca, por si algún tipo de criatura mecánica de los Marines Espaciales aparecía, un tanque o algo. Aunque aquello era poco probable, dado a que el lugar era demasiado pequeño y por lo que sabía el hangar fue destruido por una de sus criaturas aliadas. Precisamente eran esas malas ideas y ese imaginación tan negativa las que alimentaban aquel sentimiento de inseguridad fuera de la disformidad.

Podría decirse que aunque lo hubiese conseguido, no había nacido para ser un Marine Espacial. Y aquello se confirmo cuando, pensando en los peligros exteriores, recibió un impacto de un objeto azul brillante a gran velocidad en la espalda. El impacto reventó varios de los sistemas internos de la Armadura de Exterminador y aquello disparó sus alertas mentales.

Se dio la vuelta lo más pronto que podía mientras sus hermanos de batalla se alejaban ignorándole, como si no fuese a tardar nada en acabar con aquel Ángel Sangriento.

—¡Aparta, hereje! y acabaré con tu vida con una muerte rápida — Recito el comandante Adolphus.

—Maldito necio, verás ahora lo bien que te sentaba estar tumbado en el suelo, ¡Pero esta vez quedaras con la cabeza rodando! — Vocifero Bellerophon reconociendo al comandante que su hermano de batalla había abatido en la sala del Espíritu Maquina minutos atrás.

Ahora algo se interponía entre su lugar seguro y él. Se decía que los cobardes solo se sentían seguros si tenían segura una puerta de salida cerca, y era el momento perfecto para saber que pasaría si alguien se colocaba por delante de esa puerta.

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2º -La travesía del Angeluss— Susurros en la disformidad.

Al final del día la tripulación carmesí se encontraba exhausta, pero satisfecha por el feroz combate que había tenido lugar. Se rezaba al Emperador y al sagrado trono de Terra por los hermanos caídos en el Inner Sanctum del crucero. Doce recipientes permanecían inmóviles cerca del Altare Prima, listos para ser transportados a un apotecario y que se les fuera extraída la semilla genética que portaban los Ángeles Sangrientos que ahí reposaban.

No hubo celebraciones, pero tampoco lloros ante los caídos. Un Marine Espacial del Emperador nunca mostraba debilidad, incluso ante el cadáver de un amigo o hermano muy cercano. Fue así como transcurrió la noche en el navío mientras empezaban las preparaciones para el regreso a Baal. Regreso manchado por la sangre azul de los demonios y la sed saciada de los guerreros que volvían a casa, con un sabor agridulce en sus labios.

Solo había una excepción a aquel estado casi compartido de los tripulantes de Portus. El comandante Adolphus estaba preocupado, no solo por la actuación de los demonios aquel día, sino por los actos realizados por el capitán que le ordenaba en aquellos momentos. Sabía a ciencia cierta que dicho alto mando del crucero no había siquiera combatido en ninguno de los frentes existentes en la superficie del mismo transporte, y si no se equivocaba podría tratarse de un cobarde, o peor aun, de un traidor.

Pasaban las horas, y parecía que los allí presentes no se preocupaban por el paso del tiempo. Parecían más distraídos con las labores de reparación o de mantenimiento del arsenal que con varios detalles que realmente importaban, como que por ejemplo el Espíritu Máquina del gran crucero no era el mismo que cuando atravesó el portal horas atrás. Algo extraño ocurría en las profundidades del navío, en lo más profundo de su ser.

Solo el apotecario Melphast alcanzó a entender lo que allí acontecía, aunque para cuando avisó al comandante este temía que hubiese llegado demasiado tarde. Las grandes puertas del Inner Sanctum se abrieron de par en par, dejando ver la fatigada figura blanca del apotecario. Este llegó corriendo lo más rapido que pudo al interior de la sala, directo hacia Adolphus. Los allí presentes quedaron algo confundidos por la escena.

El Marine curandero no se quitó el casco, y aún así el comandante pudo imaginar el rostro de preocupación del apotecario bajo sus palabras.

—El alma del Espíritu Máquina sufre, la cámara interna de la maquinaría arde de dolor desde que entramos en el portal — Susurró Melphast.

—¿No han sido capaces los Tecnomarines de detectar tales fallas en el funcionamiento del crucero? — Preguntó su superior, no poniendo en duda las palabras del apotecario.

—Las lecturas son normales, pero precisamente es algo que las maquinas no son capaces de detectar en este ambiente señor —Prosiguió el apotecario — porque estamos rodeados de lo que se está adentrando dentro del alma de la nave.

No hizo falta palabra alguna después de escuchar aquello. El comandante empezó a caminar con paso ligero y casi simultáneamente el resto de Marines Espaciales presentes le siguieron al mismo ritmo. Una escuadra formada por diez hombres se adentró en lo más profundo de aquel coloso metálico: paredes de metal negro y complejos circuitos y tuberías decoraban aquel extraño recinto, con la única iluminación de las linternas que llevaban en los cascos. Aquel lugar no era para ningún guerrero normal, pero si el apotecario tenía razón era posible que se abriera un portal a la disformidad desde dentro de la nave, lo cual definitivamente mataría a todos los que transportaba ya fuese por una tormenta de disformidad o por la invasión de criaturas que podrían salir de ahí.

Tras varias horas de caminata una gran cámara blindada rodeaba lo que era el núcleo del Espíritu Máquina del navío. Adolphus quedó observando la colosal cúpula como si le resultara familiar dicha situación. No llegaba a entender porque, pero dicha complejidad ingeniera le producía una gran nostalgia en lo más recóndito de su ser.

—¿Alguna vez os habéis preguntado por que los herejes del Caos son capaces de infectar nuestros transportes más queridos y convertirlos en demonios asquerosos y despiadados, como paso con los Land Raiders de la Herejía?

La pregunta formulada por el comandante fue respondida por un silencio bastante incomodo, que dio a entender al veterano de cientos de batallas lo inexpertas que eran sus tropas.

—Como debéis saber casi todas las grandes máquinas del Imperio disponen de un sistema de carne y metal llamado el Espíritu Máquina. Dicha maravilla de la ingeniería provee al transporte o sistema de defensa de una especie de casi vida. Un estado de vigilancia absoluta en la que se dedica a proteger y dirigir a sus aliados, como por ejemplo un Dreadnought, pero siendo más tosco e idiota.

De repente recordó porque aquello le resultaba entristecedoramente familiar, la muerte de los compañeros de batalla no siempre acababa en un ataúd fijo o al frente de un lanzallamas, a veces, y solo a veces uno era encerrado en un ataúd metálico andante que proveía de vida a una de las armas mas mortíferas de los Marines Espaciales, el sarcófago mortal Dreadnought, en donde perecían varios de sus hermanos de batalla.

—Y como todo ser de carne — Dijo acercándose al acceso más cercano del núcleo, aferrándose a la palanca de apertura para tirar después de esta — este puede ser corrompido fácilmente.

Cuando la palanca de hierro oxidado cedió, dejando abrir la primera puerta del núcleo, una luz tenue empezó a salir del interior del sistema acompañado por un fuerte olor a  putrefacción y a un poderoso viento que desestabilizo al comandante. Para cuando habían llegado era demasiado tarde, pues el núcleo del Espíritu Máquina había sido envenenado con la mancha del Caos.

Mancha que no tardó en extenderse, puesto que la putrefacción y la carne empezaron a expandirse por el navío. Poco a poco las tuberías se hubieron oxidado y los cables transformados en una especie de tentáculos conductores: El crucero había sido corrompido desde dentro tras su primera victoria, lo cual estremeció al comandante junto al apotecario. El primero se dirigió hacia el centro del núcleo, desenfundando su pistola bólter y apuntando contra la célula principal del Espíritu Máquina, en un intento desesperado de acabar con aquella locura.

Sin embargo no previó lo que estaba a punto de suceder, pues dos ráfagas de cañón de asalto impactaron en su pectoral y grebas de la armadura que le protegía. Algo se acercaba a grandes zancadas que se escuchaban como truenos en la lejanía. Finalmente de una humareda que desprendía un olor a podrido surgió un gran titán, varias cabezas más grande que el resto de los Marines presentes.

Un gran Exterminador del Caos había llegado al crucero por la puerta grande, derrotando en el primer asalto a uno de los mejores combatientes de la hueste angelical que allí permanecía. Otros más le siguieron, un total de cinco habían cruzado ya el portal a los horrores de la disformidad. La sangre corría a manos de los ejecutores verdes de Nurgle que habían surgido, asesinando a corta distancia a los Marines que habían acompañado a Adolphus. Vísceras y entrañas se deslizaban sobre el suelo tras humillantes masacres, haciendo que la sangre de sus interiores se mezclara con el rojo de sus armaduras. Los exterminadores siguieron su camino a excepción de uno, que se quedó a observar el dolorido cuerpo del comandante.

Este Ángel Sangriento había recibido solo dos descargas, pero sentía un dolor sin precedentes. Temiendo una gran infección debido a aquella munición demoníaca reunió todas sus fuerzas en intentar mantenerse en pie, pero apenas era capaz de moverse. El gran superhombre, protector de la humanidad y del Imperio había caído a manos de los Marines del Caos.

—No acabaré contigo — Dijo finalmente el exterminador que le acompañaba — Nurgle tiene grandes planes para tí.

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1º -La travesía del Angeluss— Primer contacto con el Horror.

Los cañones laterales escupían ráfagas de munición rociada de fuego al espacio como dragones escupiendo sus llamaradas hacia la noche. Los tentáculos formados por las hordas de demonios se abalanzaban sobre el crucero sin piedad, donde predominaban los Horrores de Tzeenech, cambiando de forma constantemente para que el vacío no les afectara lo más mínimo y poder atravesar el espacio con facilidad.

Sin embargo lo primero que llegó a hacer contacto con el navío espacial no fue un guerrero maldito hecho de carne. Un ser metálico se dirigía a toda velocidad hacia el crucero Portus como si fuese un proyectil. Fue impactado por una de las descargas de los cañones laterales principales, haciendo que el hierro que lo formara se tornara en un color amarillo intenso por el calor del impacto incandescente. Aún así siguió su rumbo hasta aterrizar, más que impactar sobre el navío y, recuperándose del golpe, buscó su siguiente objetivo.

Se encontraba en una zona con gravedad artificial, la cual le permitía mantenerse en pie sin problemas, también notó que no era la superficie misma del crucero de combate, más bien era una especie de hangar donde se ubicaban diferentes cazas de su mismo tamaño e incluso más grandes. Además también se podía observar frente a él la presencia de varios Marines Espaciales, invocados allí por los destrozos de la caída.

El demonio quiso rugir y mostrar sus desafiantes zarpas, pero en vez de ello disparó inconscientemente varias descargas de plasma incandescente que carbonizaron a los dos Marines presentes. Había llegado el Diablo de la Forja, que finalmente redujo a cenizas y metal fundido el hangar en pocos minutos.

 

 

 

 

Se podría decir que los demonios arrasaban con lo que veían y que inundaban la nave, pero a excepción de unos pocos de estos la mayoría eran exterminados por las numerosas medidas de defensas del navío: Torretas automáticas y lanzamísiles ligeros acoplados hacían mella en sus filas sin apenas dañar la superficie metálica del campo de combate. Mientras las ráfagas de los cañones principales eliminaban un gran número de demonios a larga distancia. El problema se ubicaba a la hora del numero, pues llegaban infinidad de demonios y no había señal de que dejaran de llegar más.

Tras haberse declarado el estado de emergencia, las posiciones de combate habían sido declaradas y se había preparado el escenario para que la Compañía de la Muerte, los Marines malditos destinados a morir en su propio corredor de la muerte perecieran a manos de aquellos Horrores multicolor. Las negras armaduras de estos Marines disponían del oxigeno suficiente como para combatir durante unas horas antes de perecer por falta de combustible natural. Además, el resto de Marines Espaciales disponibles se dedicaban al ataque a largo alcance desde lugares cubiertos apoyando a sus hermanos enfermos con fuego de bólter.

Fue el sargento Castle Danniels el primero en darse cuenta de que algo iba mal. Podía comunicarse con sus hermanos de batalla cercanos, pero al intentar contactar con un rango superior para reportar la situación no detectaba señal ninguna. Pronto se dio cuenta de que habían desactivado la señal de radio interna, o mejor dicho, que esta había sido destruida. Ordenando a su escuadra que limpiara la zona para comenzar un asalto de emergencia hacia la central de comunicaciones se abalanzó con su espada sierra sobre el primer demonio que encontró, rebanándole lo que parecía un cuello deforme y bulboso manchando el rosa de su piel con el azul brillante e intenso que parecía ser su sangre.

Tal fue su sorpresa al llegar a la central de comunicaciones externa que sus ansias de combatir se reprimieron. Una gran antena cercana al puente de mando en la superficie de la nave hacia de soporte de comunicaciones entre los Marines allí presentes y el resto del Imperio. Dicha antena estaba ahora en llamas, casi al punto de salir volando con el vacío del espacio, todo obra de un gigantesco perro de metal que parecía haber llegado allí escalando por su propia cuenta.

Junto al monstruo se encontraba una figura roja que, debido al brillo azul que emitía su gran martillo de energía, cobraba un aspecto morado sombrío cada vez que uno de sus directos ataques impactaba en la armadura del monstruo estallando en un impulso de energía azulada. Cada movimiento del Ángel Sangriento que allí arriba combatía hacía retroceder a la bestia.

Finalmente el demonio sincronizó sus fauces vestidas de cañón de ectoplasma con los cañones que se ubicaban en sus patas delanteras y disparó una llamarada azul contra su adversario. Sin ver ninguna escapatoria dado a la rapidez del disparo, saltó toscamente, alzando el gran Martillo de energía sobre el Diablo de la Forja.

Todo sucedió muy deprisa: la ráfaga de plasma no fue disparada certeramente hacía el Marine, por lo que solo le rozó el costado de la armadura. Sintiendo el calor del impacto, el comandante dirigió con presteza su arma sobre la cabeza del monstruo para que no pudiese disparar más. Con un solo golpe el rostro de la criatura quedó reducida a metal dañado y carne quemada mientras el cañón que se ubicaba en sus fauces se empezaba a sobrecalentar por el mal funcionamiento provocado por el ataque.

Un segundo impacto en lo que se definiría como el pecho de la bestia hizo retroceder al titánico ser de la plataforma en la que se encontraban, haciendo que se precipitara al vacío. En pocos segundos se hubo estrellado contra el suelo dejando tras de si grandes rastros de batalla mortal y una antena de comunicaciones inservible por el momento.

Quien bajó del ya destrozado lugar de combate no fue otro que el comandante Adolphus, haciendo gala de su poca gracia para el diálogo entre camaradas, sin antes dejar ver algo de su poco gracioso humor.

—En vez de poneros a observar como soldados de la guardia atónitos por el combate de un superior podríais haberos dedicado a darme fuego de cobertura. ¡No queda tiempo, es hora de expulsar a estos demonios al infierno del que provienen!

Sin embargo, para el momento en el que llegaron a una zona en la cual hubiesen demonios que despedazar en nombre del Emperador, las hordas de criaturas se alejaban del crucero, como si su cometido allí ya se hubiese consumado. En la punta elevada más cercana a ellos se distinguía una silueta oscura iluminada tétricamente  por la espada flamígera que la portaba. Su capa ondeaba por el rozamiento del poco aire existente en el exterior, causa del humo de las explosiones.

Aunque no se viera el rostro del soldado debido a la presencia del blanco casco, Adolphus supo que el que allí se mantenía en pie era el capitán Hectus, quien seguramente sonreía de placer tras haber liderado falsamente aquella defensa en contra de la horda del señor de la transformación.

—Hemos vencido, es hora de proseguir nuestro camino e informar a los señores del capítulo de este evento — Anunció el capitán.

El comandante veterano Adolphus dio un paso adelante como acto de desacuerdo.

—¡Pero eso implicaría abrir de nuevo el portal y abandonar este subsector! Se que no disponemos de comunicaciones, pero no podemos permitirnos dejar las cosas como están, ¡Debemos investigar que es lo que ha pasado y eliminar a esos demonios! — Contestó el veterano.

—Poco o nada haremos aquí, lo más sabio es retirarse por el momento, los demonios se han cebado con los orkos y por eso se han ido antes de que pudiésemos exterminarlos completamente — Intentó explicar Hectus — estaban medio llenos de acción para cuando llegamos, y los saciamos lo suficiente como para hacerlos huir. No hay mas que investigar.

Acto seguido se ejecutaron las ordenes del capitán, y tras dos horas de reparaciones improvisadas por los tecnomarines allí presentes el crucero de combate abandonó aquel lugar, desvaneciéndose de nuevo como una sombra en el portal de disformidad. Adolphus ya sospechaba que una sombra se cernía sobre el corazón del capitán, pero no llegaba a imaginar que era más tenebrosa de lo que cabía esperar.

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